Lo mejor de Doña Bárbara: la belleza de lo que no sucede
Mujiquita, el llano y la felicidad de soñar
Si valoras este tipo de ensayos, considera suscribirte como miembro pago. Me permite seguir escribiendo con libertad.
IV
Nadia Boulanger fue una de las pedagogas musicales más influyentes del siglo XX. Entre sus alumnos figura una lista notable de compositores e intérpretes: Aaron Copland, Piazzolla, Philip Glass, Leonard Bernstein, Barenboim, Quincy Jones, Dave Brubeck.
Una lección que martillaba en la cabeza de sus estudiantes era que un buen artista se reconoce por la calidad de sus rechazos: no solo por lo que hace, sino también por lo que decide no hacer. Con eso quería expresar que el creador debe atender con rigor a la lógica interna de su obra y dar pasos deliberados, incluso cuando, por una razón u otra, resuelve violar sus propias reglas.
Al leer y releer Doña Bárbara, he recordado varias veces el consejo de Boulanger al ver que Gallegos, sin darse cuenta, persigue objetivos contrapuestos. En más de una ocasión, anoté al margen de una página «no ha debido hacer esto». Como novelista, es legítimo aspirar a muchas cosas a la vez; pero tiene que haber un sistema que ordene y jerarquice esas ambiciones. La elección de un camino puede exigir el rechazo de otros. El riesgo de no hacerlo es que la obra acabe por convertirse, como decía Boulanger, en una «serie de accidentes».
Circulan varias versiones de una anécdota de esta pedagoga especial; una de ellas me la contó hace años un profesor de música y nunca la he olvidado. Al intentar estos días encontrar la fuente de la historia, descubrí que tal vez no sea verdadera. Pero la cuento igual porque me gustaría que lo fuera. Si el relato de mi antiguo profesor es falso, esa mentira me dejó una valiosa lección.
Un alumno de Boulanger cometió un error de lógica interna que ella, con amargura (o eso imagino), señaló en la partitura. En defensa, el joven citó una decisión similar de Johann Sebastian Bach en una de sus composiciones. La respuesta de ella fue admirable, contundente, un fulminante recordatorio de que el criterio y la razón pesan más que la autoridad y la reputación, una muestra de su disposición rebelde a cuestionar las malas decisiones de cualquier artista, incluso de uno de los más grandes de la historia. Frunciendo el ceño (o eso imagino), Mademoiselle Boulanger le dijo al joven: «Pues Bach se equivocó».
V
Todos los escritores tropiezan y caen para luego levantarse, incluso en sus mejores obras. Lo lamentable en Doña Bárbara no es solo el número de errores, sino también su gravedad, sobre todo cuando se ve, en esa misma novela, que Gallegos era un escritor con una vocación real. Aun si no llegó a ser uno excepcional, fue capaz de componer párrafos y páginas memorables —mucho más de lo que la gran mayoría puede aspirar a dejar.
Gallegos, por ejemplo, tenía una sensibilidad única por la naturaleza, algo que, en este último encuentro con Doña Bárbara, aprecié más que cuando la leí por primera vez. Uno puede imaginárselo sentado al borde de un río con lápiz y libreta, deslumbrado por un caimán que saca la cabeza del agua «con la majestad de su vejez»; o conmovido ante una bandada de aves que «lanzan graznidos de pánico»; u observando, a lo lejos, llamas que «giran y silvan enfurecidas» saturando de humo una atmósfera que «se inmoviliza en calmas sofocantes durante días enteros».
Más interesante aún, Gallegos poseía un talento peculiar para encontrar correspondencias entre el comportamiento humano y los fenómenos naturales, como si ambos fueran lo mismo (¿y no lo son?). Alguien aburrido y somnífero habla «dos horas seguidas, como un aguacerito blanco». La conversación de una persona intempestiva es «una serie de chaparrones uno tras otro […] pero aguaceros, con sol». La charla de un hombre es «algo tan lenta como la corriente del río por la horizontalidad de la tierra».
En la última frase está Gallegos con todas sus virtudes y defectos: pese a su falta de oído (¿hay palabra más fea que «horizontalidad»?) y a su lenguaje ineficiente, el símil es ingenioso.
La naturaleza también es un símbolo potente en el conflicto entre civilización y barbarie, eje alrededor del cual gira todo lo demás. Por eso Santos, cuando ve a Lorenzo Barquero, piensa: «Este infeliz ha sucumbido a la acción embrutecedora del desierto». Y por eso se propone…
[…] luchar contra la naturaleza, contra la insalubridad que estaba aniquilando la raza llanera, contra la inundación y la sequía que se disputan la tierra todo el año, contra el desierto que no deja penetrar la civilización.
VI
Otro fuerte de Doña Bárbara son las escenas en las que Santos Luzardo, negándose a resolver los conflictos mediante la violencia, acude a las autoridades de un pueblo semiabandonado para tratar de hacer cumplir la ley. Allí se encuentra a Mujiquita, un viejo amigo de la universidad que ahora es el secretario del jefe civil, ño Pernalete.
Mujiquita es un joven simpático y locuaz que tal vez sea el personaje más persuasivo de la novela.
En uno de los mejores capítulos, Santos se presenta ante la jefatura civil para denunciar el asesinato de dos de sus peones —un crimen en el que cree implicada a Doña Bárbara. Mujiquita, que ni siquiera se ha enterado de que hubo más de una víctima, le explica que ño Pernalete —para no abultar la tasa de homicidios— está empeñado en que el peón no fue asesinado, sino que murió de un problema del corazón.
Por conveniencia, Mujiquita intenta convencer a Santos de que lo ocurrido encaja con esa teoría disparatada de su jefe. El motivo real de los asesinatos, que haya dos muertos en lugar de uno, no parece importarle. Su prioridad es no contradecir a ño Pernalete y evitar fricciones innecesarias con él que pongan en riesgo su empleo.
Con Mujiquita, Gallegos trabaja con la precisión de un orfebre, moldeando con cuidado cada matiz de su personalidad. El lector no siente que el pobre hombre actúe con maldad ni movido por un instinto vil que lo lleva a desestimar la vida de los peones. Al contrario, la impresión es que procede con una mezcla de irresponsabilidad, ligereza y falta de seriedad, así como por necesidad: «completarle la arepa» a sus hijos, como él mismo confiesa cuando Santos lo confronta.
El diálogo en el que Mujiquita se esfuerza por conciliar los intereses de Santos y ño Pernalete es oro puro:
—[…] Al general se le atravesó entre ceja y ceja que el hombre había muerto de un mal, como dice él. Es decir, de un síncope cardíaco. Y a propósito, porque todo puede suceder, ¿tú no habías observado si el peón era cardíaco?
—¡Qué cardíaco de los demonios! —exclamó Santos, poniéndose de pie, violentamente—. Quien va a resultarlo muy pronto, si ya no lo estás, a fuerza de tener miedo, eres tú.
Todos nos hemos cruzado con un Mujiquita: alguien alegre, jovial, vivaracho, bondadoso aunque poco juicioso, que termina haciendo cosas malas no por crueldad, sino por adaptación a un entorno donde la injusticia y la corrupción son la norma.
Tanto él como el jefe civil carecen de fecha de expiración; aún hoy existen en toda institución pública en Venezuela y en buena parte de América Latina. Son, además, una muestra de que Gallegos es capaz de iluminar realidades que trascienden lo individual sin sacrificar la verosimilitud de sus personajes.
Para mí, ambos son el verdadero legado de la novela.
VII
El escritor Michael Liska me contó hace poco que, tras leer un fragmento de un cuento en uno de los numerosos salones literarios que han brotado en Washington DC, el crítico legendario Leon Wieseltier se acercó para felicitarlo y le dijo que el relato sonaba a experiencia vivida. Liska le señaló:
I made it all up.
A lo que Wieseltier contestó:
You, sir, are a serious fiction writer.
En Doña Bárbara, la relación entre Santos Luzardo y Marisela me provoca una reacción ambivalente. Hay pasajes de este amorío que considero entre los más flojos de la obra. Pero también hay escenas tan reales y observaciones tan agudas sobre el amor platónico que —como le dijo Wieseltier a Liska— me suenan a experiencia vivida: no puedo evitar pensar que Gallegos experimentó un idilio similar al de Santos Luzardo y que lo único inventado fue el desenlace, cuando se consuma el amor entre la joven y su protagonista.
Fíjense, por ejemplo, en la dulzura de esta escena en la que Santos, conmovido por la belleza de Marisela, se defiende de ese sentimiento abrumador enzarzándose…
…en uno de aquellos discursos deliberadamente fundados sobre temas áridos o abstrusos que tenían por objeto aburrirla [a Marisela] o interesarla intelectualmente, remedios heroicos, ambos, contra el amor.
Como si ella misma fuera una lectora impaciente ante las explicaciones de la novela, Marisela interrumpe el monólogo tedioso de Santos y cambia el tema abruptamente:
—¿Sabe? La venadita que me regaló no era ninguna bendita: va a tener venaditos.
Y Santos…
...sigue comiendo en silencio; mas, de pronto, suelta la risa. Ella no se explica aquella hilaridad y se lo queda mirando extrañada. Al fin cae en malicia y las mejillas se le enrojecen, mientras, por disimular, busca de prisa algo que obligue a pensar en otra cosa; pero lo que se le viene a la boca, de golpe también, es la risa y ya no hay manera de que Santos logre cambiar la situación, pues, en cuanto comienza a decir algo, ella suelta la carcajada y él concluye imitándola.
Pero el reír malicioso de Marisela era algo tan diáfano como lo había sido la frase inocente, tan ajeno a la moral como el pecado de la venadita.
Era la naturaleza misma, si bien ni mal.
Noten que esa última oración no hacía falta; es otro ejemplo de Gallegos explicando más de lo necesario, de lo que James Wood llama una insurance policy against misrepresentation —una póliza de seguro contra posibles malentendidos. Pero ¿cómo no perdonárselo en este caso, cuando logra transmitir, con tanta delicadeza, ese momento tierno e íntimo entre ambos personajes?
En otro capítulo —el del monólogo que antes critiqué— Gallegos medita, a través de Santos, sobre la belleza de los amores no consumados; ideas que se extienden a cualquier sueño no cumplido —o, mejor dicho, al acto mismo de soñar, sin importar que lo soñado llegue o no a cumplirse. La observación, muy aguda pese a aparecer en ese monólogo tieso e inverosímil, me recordó la célebre de Hyperion: «El hombre, un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa» —aunque Gallegos me ayudó a entender mejor la frase de Hölderlin que el propio Hölderlin.
Al final de su reflexión, Santos piensa que hay algo hermoso en...
…un amor que no exija sino la mutua conciencia de que existe, que no cambie las cosas ni él tampoco pueda ser modificado por ellas. Algo suficiente por sí solo, que no necesite convertirse ni en palabra ni en obras. Algo así como la moneda de oro del avaro, que es quizás el más idealista de los hombres. La riqueza toda sueños, la seguridad de que nunca se comprará con ella una desilusión.
Nadie me había hecho ver con tanta claridad en qué consiste la felicidad de soñar. Nadie me había hecho ver que en los sueños hay una belleza singular, en general poco apreciada, que solo se conserva en su estado más puro si no se expone a las desilusiones que inevitablemente surgen al abandonar el terreno de la aspiración.
Oigan a Santos en el instante en que su amor por Marisela comienza a desbordarse; el momento en que ya no puede seguir negando lo que siente porque algo…
…estaba allí, en el fondo del alma, transformando los sentimientos del hombre de la ciudad, derribando los obstáculos. ¡Marisela, canto del arpa llanera, la del alma ingenua y traviesa, silvestre como la flor de Paraguatán, que embalsama el aire de la mata y perfuma la miel de las ariscas!
Y noten, en otro contexto, un estallido similar del narrador ante la vista de un paisaje:
¡Ancho llano! ¡Inmensidad bravía! Desiertas praderas sin límites, hondos, mudos y solitarios ríos. ¡Cuán inútil resonaría la demanda de auxilio, al vuelco del coletazo de un caimán, en la soledad de aquellos parajes!
Estos relámpagos de cursilería de Gallegos, que antes me irritaban, ahora me conmueven. No parece poder contener un brote genuino de emoción al abrir esos signos de exclamación.
Me recuerdan a Jorge Luis Borges alabando a Lugones por comparar un atardecer con «un violento pavo real verde, deliriado en oro».
Borges decía —y no me canso de citarlo:
No hay necesidad de considerar el parecido —o la falta de parecido— entre un atardecer y un pavo real verde…Lo importante es que nos convenza de que a él lo conmovió ese atardecer, de que necesitaba esa metáfora para comunicarnos su emoción. A esto es a lo que me refiero cuando hablo de la importancia de la convicción del poeta.
A veces se puede escribir bien escribiendo mal.




