Lo bueno, lo malo y lo feo de Doña Bárbara
Doña Bárbara, publicada ya hace casi un siglo, no solo es considerada la obra más célebre de Rómulo Gallegos, sino quizá la más reputada de la literatura venezolana. Por eso escribir sobre ella conlleva, al menos en mi caso, una carga de responsabilidad que probablemente no sentiría un colombiano, un peruano o un argentino.
La novela narra el regreso de Santos Luzardo a los llanos del oeste de Venezuela, donde intenta recuperar las tierras de su familia y desafiar a Doña Bárbara, una mujer despiadada que reina en la región mediante el engaño, la violencia y la superstición. El conflicto se presenta como un choque entre mundos: Santos Luzardo encarna el orden legal y el impulso modernizador. A su llegada, un viaje con una meta concreta se transforma en una misión —inverosímil por su ambición— de civilizar los llanos. Doña Bárbara simboliza el poder primitivo y despótico que prevalece en el campo y se opone a la causa noble de Santos.
Algunos señalan que este esquema alegórico, en el que los personajes y la trama sirven para ilustrar la lucha entre civilización y barbarie, empobrece la novela.
Un ejemplo tomado de la vida real nos ayuda a entender esta crítica. Durante un tiempo, muchos en el exterior se empeñaron en convertir a Hugo Chávez en un símbolo de la lucha contra la pobreza, las élites corruptas y el imperialismo, exagerando o inventando virtudes y minimizando defectos —su sed de poder, su autoritarismo— sin los cuales era imposible comprenderlo a él y a su proyecto.
Doña Bárbara y Santos Luzardo pueden formar parte de una realidad más amplia: principios, conflictos o fuerzas sociales capaces de moldear el futuro de una nación. Pero antes de representar algo deben ser personajes creíbles. Al convertirlos en símbolos, o al amoldarlos a ideas o conceptos abstractos como civilización y barbarie, se corre el riesgo de reducirlos a caricaturas, de vaciarlos de la complejidad que define a los seres humanos.
Según algunos detractores, Gallegos cometió este error.
Pero los admiradores de Doña Bárbara dicen que en realidad ocurre lo contrario. Aseguran que la fuerza de la novela proviene precisamente de ese esquema alegórico. El crítico Emir Rodríguez Monegal sostenía que la intención de la obra no era crear personajes realistas y que juzgarla con ese criterio sería un error.
Yo pienso que ambos bandos se equivocan: parten de la premisa de que Doña Bárbara no es lo que es, o subestiman una ambición muy visible en la obra.
Es verdad que Gallegos, quien dedicó parte de su vida a enseñar y cuya propensión pedagógica es tal vez su talón de Aquiles como creador, pretende darnos en su novela una lección sobre la importancia de llevar la civilización adonde predomina el caos. Quería educar y denunciar con sus ficciones, ayudar a transformar una realidad, contribuir a modernizar el país. Con ese objetivo en mente —la necesidad de imponer la razón a la barbarie— esbozó la historia y los personajes de Doña Bárbara.
Pero también es verdad que la novela revela una clara aspiración: crear no caricaturas, sino personajes de carne y hueso con una psicología compleja. Santos Luzardo, aunque emblema de la ley y el orden, exhibe impulsos machistas y violentos. Hay un momento en que decide renunciar a sus principios para combatir a sus enemigos con la violencia. En la ambivalencia de los sentimientos de Santos hacia la joven Marisela —la tercera protagonista—, Gallegos demuestra un delicado talento de observación y una capacidad para verbalizar emociones muy sutiles con admirable precisión.
Del mismo modo, Doña Bárbara no es un mero arquetipo del mal. En el personaje coexisten fuerzas contradictorias: una ansia de reforma y un deseo de redención que chocan con los traumas, resentimientos y envidias que conforman las corrientes oscuras dominantes de su personalidad. Doña Bárbara es una mezcla fascinante de inteligencia estratégica, capacidad de cálculo, sensualidad, brujería y superstición que explica su inmortalidad como personaje.
El crítico literario James Wood señala que, durante un largo período, la novela dio, en cámara lenta, un salto en su evolución al introducir la complejidad psicológica. Hoy se recuerda al filósofo griego Teofrasto por una serie de bocetos breves sobre treinta tipos de personalidad: el adulador, el arrogante, el desconfiado, el vanidoso y demás. Su figura sirve para describir una corriente en la ficción —presente hasta nuestros días en las telenovelas, la literatura pulp y el cine de acción— en la que los personajes tienen rasgos permanentes que los definen y una línea clara separa a los héroes de los villanos y lo bueno de lo malo.
Wood dice que la novela se fue alejando de los arquetipos de Teofrasto, así como de la caracterización simplista de las biografías religiosas de santos y hombres de Dios. Comenzó a desarrollar personajes que difuminaban la línea entre el bien y el mal; a mostrar cómo en un solo ser humano podían batallar ambos y cómo nadie posee rasgos de personalidad inmutables, sino atributos y defectos que cambian a lo largo del tiempo y según las circunstancias.
Si todo esto define en parte la novela moderna, en Doña Bárbara late el pulso de la modernidad. Sus defectos, que son muchos, no deben atribuirse a la tensión natural, propia de todas las ficciones, entre forjar personajes creíbles e iluminar, a través de ellos, conflictos más amplios que los individuales. Una novela puede lograr las dos cosas al mismo tiempo.
Los problemas de Doña Bárbara son otros que intentaré explicar en la próxima entrega.


