Brevedad, poesía y metafísica.
Si me pidieran condensar la ficción de Borges en tres palabras, esa sería mi respuesta.
Las primeras dos las vincularía a que él, ante todo, se consideraba un poeta. Tenía vocación por el verso y era impaciente (o eso decía) con los mamotretos. El hábito de explayar en quinientas páginas una idea que podía expresarse oralmente en «pocos minutos» le parecía una extravagancia. Un desvarío laborioso y agotador.
La observación es simplista, arbitraria y conveniente en boca de un cuentista. Aplicada a la novela, no resiste el menor escrutinio.
Sin embargo, sirve para entender cómo Borges construía sus ficciones, muchas de las cuales giraban en torno a una idea.
Borges era un escritor filosófico, con una inmensa curiosidad por la metafísica. ¿Qué existe realmente? ¿Qué es el tiempo? ¿La identidad? ¿Tiene sentido el universo? ¿Cuál es la diferencia entre azar y destino? ¿Gozamos de libre albedrío?
Estas interrogantes eran con frecuencia su punto de partida como creador. En uno de sus cuentos, el narrador dice: «La metafísica es una rama de la literatura fantástica».
La frase es ingeniosa porque señala con discreción que no podemos responder a dudas metafísicas sin adentrarnos en el terreno de la especulación; que encararlas supone imaginar respuestas que no podemos verificar.
Se puede intentar responder si el universo es caótico o está gobernado por un orden secreto, pero ese esfuerzo siempre será imaginativo, como el de un cuentista o un novelista.
Borges da entonces una vuelta fascinante a esta observación: si la especulación metafísica puede verse como una forma de ficción, la ficción puede convertirse en una herramienta extraordinaria para abordar cuestiones metafísicas. Y la literatura fantástica es el género ideal.
II
La pregunta de si existe un orden descifrable en el caos aparente del universo es la idea detrás de «La biblioteca de Babel», uno de los cuentos más célebres de Borges y un prototipo del método que utilizó para construir muchas de sus ficciones.
Borges imagina una biblioteca infinita que contiene todos los libros. Cada combinación posible de letras ya existe en algún volumen: «La historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos…» y así hasta abarcarlo todo.
Como la biblioteca contiene la totalidad de los libros, se puede asumir que en algún lugar están las páginas que aclaran los grandes misterios de la vida, como el origen del mundo o la naturaleza del tiempo. El problema: en esa abundancia infinita no es fácil dar con ellas y, si alguien llegara a encontrarlas, nunca podría comprobar si realmente revelan esas claves. Muchos otros libros lo negarán u ofrecerán otras explicaciones.
Ante esta incertidumbre, la gente reacciona de manera distinta. Algunos creen que existe una obra que es cifra y compendio de todas las demás y se dedican a buscarla; otros pasan la vida intentando encontrar las llamadas Vindicaciones, tomos de apología y de profecía que exculpan los actos de cada hombre y revelan información sobre su porvenir.
Hay una secta que, al concluir que los libros preciosos son inaccesibles, decide escribirlos: «remedar el divino desorden» en una faena que recuerda a la de los artistas. El narrador no descarta que haya un libro total y ruega a los dioses que al menos un hombre lo lea y examine:
Que el cielo exista aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme biblioteca se justifique.
El lector no tarda en darse cuenta de que la biblioteca es una metáfora del universo y la condición humana: vivimos rodeados de fragmentos, buscando patrones y significado en ese divino desorden.
Otro cuento célebre de Borges, «La lotería de Babilonia», parte de una pregunta similar: si existiera un orden en el universo, pero fuera imposible descifrarlo, ¿en qué se diferenciaría de una vida gobernada por el caos y el azar?
El relato narra la historia de una sociedad en la que una lotería comienza como cualquier otra, con premios en dinero. Pero luego se transforma en un juego más complejo que no solo consiste en recompensas económicas, sino también en penalidades de todo tipo que afectan todos los aspectos de la existencia. En los sorteos se puede ganar o perder poder, libertad, amistad, amor e incluso la vida.
Esta lotería la controla una organización misteriosa llamada la Compañía, que ejerce, en la opacidad, un poder casi absoluto. Con el tiempo, sus operaciones se vuelven tan sofisticadas que nadie puede distinguir qué sucesos resultan de los sorteos y cuáles ocurren al margen de ellos.
Si un hombre conoce a una mujer en un café y se enamora de ella, cualquiera podría atribuir el hecho a una coincidencia. Pero en Babilonia siempre existe la posibilidad de que ese encuentro se haya determinado en un sorteo y que la Compañía luego maniobrara para fabricarlo. No hay manera de saberlo.
El narrador parece sugerirle al lector que no puede estar seguro de nada: todo lo que le pasa, incluida la lectura de ese cuento, quizá se decidió en un sorteo organizado por una compañía secreta o por un dios ignorado.
III
Borges utilizó este mismo método de construcción en muchas de sus ficciones. No todas parten de una inquietud estrictamente metafísica; algunas se originan en preguntas sobre la identidad, el funcionamiento de la mente y los límites del conocimiento, o en otros temas que también le interesaban, como el coraje, el honor y los momentos que definen una vida.
Pero si algo en la obra de Borges es casi tan constante como la brevedad, es el uso de esta fórmula. La siguió utilizando hasta sus últimas colecciones, El libro de arena y La memoria de Shakespeare, siempre interesado en demostrar que categorías que parecen sólidas no lo son; que mucho de lo que creemos natural no lo es, o es una convención; y que hasta los conceptos más básicos y las causas primeras merecen ser cuestionados.
La pregunta embrionaria de «El jardín de senderos que se bifurcan» es si el tiempo es una sucesión única de acontecimientos o si existen tiempos paralelos en los que ocurren todos los futuros posibles. La de «Las ruinas circulares» es una que hoy obsesiona a varios titanes de Silicon Valley: si podemos saber que nuestra existencia es real y no el producto de la imaginación de otra conciencia o de una simulación.
El riesgo de estos experimentos metafísicos es que acaben sonando como esos pesados textos académicos que parecen jactarse de su incapacidad para divertir y dar placer al lector. Pero uno de los talentos especiales de Borges es su manera de explorar estas ideas mientras nos sumerge en un universo ficticio tan persuasivo como el de un cuento de su admirado Edgar Allan Poe, a quien, con su habitual precisión, llamó autor de «espléndidas y atroces maravillas».
¿Cómo lo logra? En parte por su imaginación poética, la elegancia de su estilo y su poder casi mágico para evocar atmósferas que nos envuelven en pocas líneas. Caminen lentamente por este pasaje de «Funes el memorioso». Observen cómo embellece un adjetivo común y corriente al aplicarlo al agua de la lluvia; deténganse en esa imagen casi sobrenatural de la oración final que contiene, dentro de un símil, una innecesaria pero hermosa repetición:
Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared.
O este párrafo de «Las ruinas circulares», con ese uso singular del verbo «fatigar» que sigue a una metáfora surrealista:
El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real.
Lo que convierte a Borges en un escritor inimitable (o lo separa de sus muchos imitadores) no es solo esa curiosidad filosófica y esa capacidad para comunicar abstracciones casi inasibles. No es solo ese extraordinario talento literario y poético que privilegia la brevedad y la síntesis.
También es cómo fusiona el deleite de la exploración filosófica con los placeres de leer ficción, hasta volverlos indistinguibles.
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