Borges y el deseo de ser alguien
El hombre de la esquina rosada no es un gran cuento de Borges, ni siquiera uno de los mejores de Historia universal de la infamia. Pero contiene una intuición extraordinaria sobre una necesidad profundamente humana: la de sentirse alguien ante sí mismo y ante los demás.
Borges nos muestra que, cuando un hombre siente que no es nadie, la violencia puede aparecer como un intento de recuperar la identidad, de volver a ser alguien.
En un salón de baile de los arrabales de Buenos Aires, Francisco Real, famoso cuchillero, llega decidido a desafiar a Rosendo Juárez, el hombre más respetado del barrio.
Cuando Rosendo rehúsa el duelo y se retira del lugar, el narrador, un joven del mismo vecindario, se siente humillado, como si esa cobardía fuera un espejo de la suya y de la del resto de los habitantes de aquel miserable arrabal.
Borges asume el lenguaje inculto del joven que narra la historia:
Debí ponerme colorao de vergüenza [al presenciar la retirada de Rosendo]. Di unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor […] y fui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quién? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento […] Dentré a amargarme [me amargó] que las descuidaran así, como si ni para recoger changangos sirviéramos. Me dio coraje sentir que no éramos naides.
Luego, la estocada final: después de avergonzarlo al rehuir el duelo, Rosendo trata al joven narrador como a un trapo sucio:
Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que fue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
—Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse…
En Argentina, a la mala hierba se le llama yuyo y como yuyo se sintió el compadrito al recibir las duras palabras de Rosendo. Esa nueva deshonra, sumada a la anterior, le impide disfrutar de la linda noche. El mensaje es claro: cuando un hombre siente que no es nadie, la vida pierde sentido.
Me quedé mirando esas cosas […] —cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierras, los hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. […] Yo forcejeaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar.
Poco después, el joven mata a Real, el cuchillero que retó a Rosendo, aunque Borges, siempre original, omite el momento del asesinato mediante una elipsis narrativa. Solo en la última oración el lector comprende que el narrador había ocultado el acto de venganza.
La elipsis es borgeana. El narrador poco fiable es borgeano. El final sorpresivo es borgeano. Pero la exploración de la psicología del personaje no lo es.
Al examinar la ficción de Borges, no pueden ignorarse ciertas exclusiones. Es llamativo que, con lo erudito que era, tantos asuntos no estimularan su imaginación: el sexo, el deseo, las relaciones amorosas y de amistad, los grandes acontecimientos colectivos, fenómenos sociales como el clasismo, la desigualdad o el fanatismo ideológico.
Borges fue deliberado en sus exclusiones, un tema que merece una reflexión aparte.
Sin embargo, esa disciplina no lo volvía inflexible y, a veces, transgredía las fronteras de su universo ficticio.
El salvavida de la amistad
En su crónica-ensayo Los muertos y el periodista, Óscar Martínez reflexiona sobre las razones por las que tantos jóvenes salvadoreños se unen a las pandillas violentas o «maras».
Lo recordé al terminar el cuento de Borges.
Martínez dice:
La pandilla no ofrece un salario, ofrece darte una posición diferente en este mundo […] Cuando alguien no puede ser nada bajo ciertas reglas, busca ser alguien bajo otras reglas. Ser alguien es naturaleza humana. Ser alguien nunca es ser nadie.
En muchos casos, entrar en una pandilla es un acto de rebeldía de jóvenes que quieren ser algo más que víctimas del maltrato de la policía o de las propias maras; una manera de reafirmar ante sí mismos y ante los demás que son alguien y que no se resignan a ser apenas otro yuyo… criado entre las flores de sapo y las osamentas.
Más de treinta años después de publicar El hombre de la esquina rosada, Borges volvió a abordar este tema en dos cuentos de El informe de Brodie.
En el primero, Historia de Rosendo Juárez, lo hizo de manera directa, al narrar la misma historia desde la perspectiva de Rosendo. En el relato, inusualmente didáctico, Borges revela que Rosendo no rechazó el duelo por cobardía, sino por coraje. Convencido de que es insensato matar o dejarse matar por orgullo o por esa absurda noción del honor de los cuchilleros, decide no pelear, sin importarle lo que los demás piensen de él.
En el cuento El indigno, en cambio, el vínculo con El hombre de la esquina rosada es más sutil e indirecto: una vez más, y desde otro ángulo, Borges explora la necesidad humana de ser alguien.
El protagonista, Santiago Fischbein, recuerda un episodio de juventud que marcó su vida, relacionado con Ferrari, un bandolero del barrio donde creció.
Aunque Ferrari es un delincuente menor, Fischbein comienza a idealizarlo por la dignidad con que ejerce su poder: evita la violencia cuando puede y respeta, aun en su mundillo criminal, ciertos códigos de decencia.
Pero también lo admira por otra razón. Hasta entonces, Fischbein era un quinceañero solitario e inseguro que sentía que no había un lugar para él en el mundo.
Escuchémoslo:
Todos nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros. Yo sentía el desprecio de la gente, y yo me despreciaba también […] me sabía cobarde; las mujeres me intimidaban. Yo sentía la íntima vergüenza de mi castidad temerosa. No tenía amigos de mi edad.
Sumido en ese rito adolescente de desolación, Fischbein conoce a Ferrari, quien lo incorpora a su grupo. Por primera vez en mucho tiempo, se siente valorado:
Ferrari, el osado, el fuerte, sintió amistad por mí, el despreciable. Yo sentí que se había equivocado y que yo no era digno de esa amistad. Traté de rehúirlo y no me lo permitió. Esta zozobra se agravó por la desaprobación de mi madre, que no se resignaba a mi trato con lo que ella nombraba la morralla, y que yo remedaba.
Luego ocurre el inevitable giro borgeano: Ferrari planea el asalto a una fábrica y Fischbein decide delatarlo ante las autoridades. La noche del crimen, la policía mata a Ferrari.
Esa deslealtad persigue a Fischbein hasta su último día, a pesar de que él, en teoría, hizo lo que le correspondía: denunciar a un delincuente. Su conciencia le dice que cometió un acto terriblemente indigno. De allí el título del cuento.
Hace poco comenté que en Huckleberry Finn de Mark Twain, Huck siente un remordimiento genuino por ayudar a escapar al esclavo Jim, a quien considera una persona bondadosa y un gran amigo. Aunque hace lo correcto, su conciencia ha aceptado como justas las normas aberrantes de una sociedad que deshumaniza a los negros.
Fischbein es el caso inverso: obedece una ley justa y delata a un delincuente, pero siente que ha cometido una traición. Huck se reprocha un gesto noble que la sociedad no ve como tal; Fischbein, una acción legal que su conciencia considera inmoral.
¿Por qué inmoral? Borges no lo explica. Tal vez Fischbein piensa que el bien que hizo a la sociedad al entregar a Ferrari no justifica el castigo desproporcionado que este recibió. Quizá comprende que el valor de su denuncia no pesa más que la generosidad de Ferrari, quien le ofreció su amistad cuando el resto del mundo lo despreciaba.
Esta culpa se ahonda con los años, conforme Fischbein entiende que Ferrari no era ese dios que admiró en su juventud, sino simplemente un pobre e iluso muchacho, confundido como tantos de su edad.
Ese pobre e iluso muchacho, sin embargo, fue quien en un momento desesperado de su vida le tendió la mano y lo hizo sentirse alguien.
Lea aquí una reflexión previa sobre el estilo y el lenguaje de Borges.



