Nota del autor: Pronto publicaré una reacción inicial al acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela, pero primero una reflexión sobre un tema más grato para un domingo.
Todos los autores excluyen temas importantes de su obra, pero en Borges, por alguna razón, esas exclusiones se notan más, quizá porque desentonan con cualidades que asociamos con él: la curiosidad universal, las lecturas exóticas, la vasta erudición.
El sexo y las ansiedades del cuerpo, la economía y la psicología, la desigualdad y el clasismo, la vida íntima y familiar, la lenta evolución de las relaciones. Todos estos asuntos no parecieron interesarle demasiado o al menos no estimularon su imaginación literaria.
El amor es otra curiosa exclusión de su prosa, aunque un tema «harto común» en sus versos, como él recordó defensivamente más de una vez.
Salvo una excepción: «Ulrica», un relato de El libro de arena que publicó a los setenta y cinco años.
A esa edad, ¿qué lo inspiró a escribir su primer cuento de amor? ¿Qué nos dice sobre este tema un creador de su talla, que además tuvo una vida sentimental poblada de frustraciones?
Como suele ocurrir con Borges, la respuesta es inesperada.
II
A primera vista, la trama de «Ulrica» es sencilla. Javier Otárola, un profesor colombiano, conoce a una noruega, Ulrica, durante una breve estadía en York, en la recepción de una posada llamada Northern Inn. Conversan esa noche y, a la mañana siguiente, salen a caminar juntos por la nieve.
Todo pasa muy rápido. Poco después, Javier se da cuenta de que está enamorado de ella y «de que no habría deseado a su lado a ninguna otra persona». Ulrica le da señas de que hay algo de reciprocidad en el sentimiento y él trata de besarla, pero ella se aparta y le dice que será suya en la posada de Thorgate. Le pide que, hasta entonces, no la toque.
Feliz y dócil, Javier acepta:
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones.
Durante la conversación mencionan a Schopenhauer, a De Quincey y las sagas nórdicas. Ulrica decide llamarlo Sigurd y él la llama Brynhild, nombre de los amantes de la célebre leyenda de los Nibelungos.
La mujer y el diálogo parecen ideales no solo para Javier, sino también para su creador. Estos temas y autores apasionaron a Borges a lo largo de su vida.
Cuando llegan a la posada, Javier no se sorprende de que se llame igual que la anterior, Northern Inn. Suben a una habitación y Ulrica se desnuda. El cuento termina con la anhelada unión.
III
El relato es breve y tiene una cualidad irreal, como de sueño. No solo por la atmósfera onírica y los diálogos idealizados, sino también por los hechos concretos: la rapidez con que Javier se enamora, la manera en que Ulrica se le ofrece, la intimidad casi inmediata. Más que una aventura sexual cualquiera, parece un reencuentro entre dos personas que se han conocido en vidas pasadas.
Como ocurre incluso en sus cuentos más fantásticos, Borges es un narrador persuasivo. Noten esta descripción de Ulrica:
Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla.
En su prosa, Borges siempre ofrece detalles que le dan vida al texto. Aunque su mundo ficticio a veces se aparta mucho del nuestro, logra que creamos en él.
De hecho, hasta la página final pensé que, dentro de la ficción, el encuentro debía entenderse como un episodio real en la vida de Javier. Pero luego el narrador dice:
Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba […] Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.
Fue al tropezar con la palabra «imagen» y asociarla con un cuento anterior en El libro de arena cuando comencé a dudar del significado profundo de lo que acababa de leer.
IV
El otro, el primer relato de la colección y el que precede a «Ulrica», narra un encuentro fantástico entre Borges, a los setenta años, y él mismo a los diecinueve.
En la conversación, el viejo le cuenta al joven hechos históricos que presenciará en el futuro; le informa de la obra que ha escrito y el joven está por escribir; y recuerda a familiares que él ya vio morir, pero que aún acompañan al joven.
También, por supuesto, hablan de literatura y el Borges viejo descubre cuánto han cambiado en medio siglo sus opiniones y gustos. Novelas que le impactaron a los veinte años ya ni las recuerda, y su manera de entender a ciertos autores y obras es distinta, como en el caso del poeta Walt Whitman.
El joven cita «When I Heard at the Close of the Day» de Leaves of Grass, un poema de Whitman sobre una feliz noche de amor frente al mar.
El Borges viejo observa:
Si Whitman la ha cantado […] es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
El joven se le queda mirando y, con soberbia adolescente, lo corrige:
Usted no lo conoce […] Whitman es incapaz de mentir.
A lo que el viejo reflexiona:
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos.
Fue esta sección sobre Whitman la que recordé apenas terminé «Ulrica».
V
He leído a pocos escritores tan inagotables como Borges: en cada relectura uno descubre detalles que habían pasado inadvertidos, una metáfora luminosa, un uso original de un adjetivo común, o una peculiar (y acertada) colocación de un adverbio.
Pero no solo hablo del estilo y el lenguaje. Hay relatos como «La busca de Averroes», «El sur», «El hombre de la esquina rosada» y «Ulrica» que, solo en la segunda lectura, pueden apreciarse en toda su gloria porque el final altera el significado de todo lo demás.
Volví a «El otro» después de «Ulrica». Luego releí a «Ulrica» bajo la luz de lo que dice Borges viejo sobre la noche de amor en «When I Heard at the Close of the Day»:
Si Whitman la ha cantado […] es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo.
¿Es «Ulrica» la manifestación de un anhelo? ¿Está en «El otro» la clave para descifrar el siguiente relato de El libro de arena?
Borges es un escritor demasiado fino y no responde explícitamente a estas preguntas. Pero muchas piezas encajan mejor si suponemos que sí. Eso explicaría la oración final en la que Javier posee «la imagen» de Ulrica. Eso explicaría por qué todo transcurre de manera tan ideal. Eso explicaría por qué el relato parece deshacerse en un sueño («como el agua en el agua», diría el propio Borges).
Y eso explicaría por qué al narrador no le sorprende que la segunda posada se llame igual que la primera (Northern Inn) ni su desinterés por conocer (¿o inventar?) el apellido de Ulrica. Si el cuento es la manifestación de un anhelo, esos detalles pierden importancia.
Hay, sin embargo, otra intuición borgiana que parece operar al mismo tiempo. Fiel lector de Schopenhauer, a Borges le fascinaba la idea de que, mientras los individuos cambian, las formas permanecen. La amistad, la traición, el coraje, la violencia o, en el caso de «Ulrica», el amor —esas experiencias se repiten bajo rostros distintos.
Esta idea es recurrente en la obra de Borges. En «Arte poética» juega con la observación de Heráclito de que no podemos bañarnos dos veces en un río, porque sus aguas nunca son las mismas. Pero recuerda que, pese a esa transformación constante, el río sigue siendo el río. El amor sigue siendo el amor, aunque cambien los protagonistas. A eso quizá alude cuando hace que Javier y Ulrica, por un momento, asuman los nombres de Sigurd y Brynhild.
O cuando esa misma forma reaparece, de manera tangencial, en este bello pasaje de «El congreso», el tercer cuento de El libro de arena:
Pocas tardes tardamos en ser amantes; le pedí que se casara conmigo, pero Beatrice Frost, como Nora Elfjord, era devota de la fe predicada por Ibsen y no quería atarse a nadie. De su boca nació la palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola.
Fíjense que, de una oración a otra, el narrador rompe en verso, como si la prosa no bastara para expresar lo que siente. ¿Escribió Borges unas líneas más hermosas sobre el amor?
Al leerlas, vuelvo a retroceder páginas hasta llegar a la discusión entre Borges viejo y Borges joven en «El otro», en la que el veinteañero sostiene que un poema de Whitman recuerda un hecho real y el anciano que es la manifestación de un anhelo.
En esta ocasión, me pregunto si realmente importa quién tiene la razón.
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