Por qué la transición se estancó en Venezuela
Y qué debe hacer la oposición para destrancar el juego
Consideren dos cuadros de Venezuela. En el primero, el dictador que gobernó el país durante diez años fue derrocado por los Estados Unidos y ahora se encuentra tras rejas. Gobierna una presidenta interina que, por presión de Washington, impulsa cambios que hace pocos meses parecían imposibles. Cientos de presos políticos han sido liberados; funcionarios emblemáticos del régimen, detenidos o desplazados de sus cargos. Medios antes acomodaticios lanzan críticas abiertas al Gobierno y opositores que llevaban meses en la clandestinidad reaparecen y declaran ante las cámaras sin ser arrestados. La represión disminuye, en las calles vuelven a verse protestas, el Congreso aprueba leyes para abrir la economía.
Y la Casa Blanca, que ahora controla los ingresos petroleros y tiene poder real para forzar una transición política, promete que el plan iniciado con el derrocamiento culminará con unas elecciones presidenciales.
En el segundo cuadro, todo es igual y, a la vez, distinto. El dictador que gobernó el país durante diez años fue derrocado por EE UU, pero la estructura del régimen permanece intacta. Los principales represores siguen en sus cargos o han sido sustituidos por personajes igualmente reprensibles, mientras son reubicados en otras posiciones de alto rango. La dictadura preserva un control férreo sobre instituciones como el Tribunal Supremo, el Consejo Nacional Electoral y la Asamblea Nacional. Las cárceles continúan albergando a cientos de presos políticos y se observan rebrotes ocasionales de represión, con voces influyentes del oficialismo advirtiendo en público que «el receso está por terminar».
Y a la Casa Blanca no parece importarle demasiado que la presidenta interina se mantenga en el poder, siempre y cuando obedezca órdenes y privilegie los intereses económicos de EE UU.
Hasta cierto punto, ambos cuadros reflejan la realidad y describen la situación actual del país. Pero ¿cuál es más acertado? ¿Y cuál es más útil para anticipar lo que ocurrirá en el futuro?
La coalición de los desplazados
A finales de abril, The New York Times publicó un reportaje sobre la purga que la presidenta interina, Delcy Rodríguez, ha venido realizando desde que asumió el mando.
La operación es amplia: abarca a todos los centros de poder del chavismo, incluidos los aparatos de represión y espionaje, las Fuerzas Armadas, las élites económicas, el gabinete y el círculo íntimo de Nicolás Maduro. Figuras que controlan, o hasta hace poco controlaban, burocracias, recursos de inteligencia, dinero, armas. Actores de peso que se sienten amenazados o ya han sido marginados y cuentan con la fuerza suficiente para desafiar a la nueva presidenta.
Si esta coalición de desplazados puede rebelarse, ¿por qué no lo ha hecho? Probablemente, por Trump. Temen acabar en una cárcel en Nueva York como Maduro. La extracción del 3 de enero los convenció de que no conviene subestimar la volatilidad de un líder pendenciero que comanda al ejército más poderoso del mundo.
Delcy se ha convertido entonces en súbdita y protegida de Trump. Acata sus dictámenes por la misma razón que sus exaliados no actúan contra ella: el miedo a provocarlo. Pero esa sumisión, aunque le permite congraciarse con la Casa Blanca, postergar las elecciones y aumentar sus chances de sobrevivir, la vuelve, a largo plazo, más vulnerable en el frente interno.
Visto así, la dinámica de su relación con Trump es un círculo vicioso. Cada vez que Delcy obedece una orden que afecta a otros chavistas poderosos o refuerza la percepción de que se convirtió en un instrumento de Washington, profundiza su dependencia de él.
Los detalles de la purga que revela The New York Times recuerdan que su posición es compleja y que enfrenta múltiples amenazas. Avanza por un campo minado donde cualquier paso en falso puede marcar su fin.
Perniciosa alineación de intereses
Y, sin embargo, esta fragilidad convive con una realidad en apariencia contradictoria: hoy Rodríguez luce más estable como presidenta que hace unos meses. Si su objetivo es esperar a que Trump pierda su capacidad de presión ofreciéndole todo en lo económico para aplazar un cambio político, sus probabilidades de éxito parecen aumentar cada día.
En este sentido, un factor clave que la ha beneficiado es la gradual alineación de sus intereses con los de otros actores políticos y económicos relevantes, incluida la administración Trump —una tendencia que el caos en Medio Oriente ha acelerado.
Ante el conflicto entre EE UU e Irán, la Casa Blanca se muestra más reacia a movimientos que percibe como potencialmente desestabilizadores en Venezuela, como apurar un proceso electoral o avalar el regreso de la líder opositora María Corina Machado.
Trump considera la intervención del 3 de enero un éxito rotundo de su política exterior que puede vender como tal de cara a las elecciones de medio término. Más aún, las dificultades que enfrenta en Irán parecen haberlo convencido de que el resultado del operativo no pudo ser mejor: sustituyó a un líder indeseado por otro dócil dispuesto a subordinarse a él y a ofrecer beneficios económicos, todo ello en un entorno de relativa estabilidad.
Es verdad que bajo Delcy —o sin una transición real— sería muy difícil generar un clima de negocios capaz de atraer las inversiones necesarias para que EE UU aproveche plenamente el petróleo y otros recursos naturales venezolanos. Pero a Trump le interesan más los réditos inmediatos que mejorar las condiciones estructurales que, a largo plazo, podrían traducirse en mayores ganancias. Y es evidente —lo confirma a cada rato— que lo atrae la idea de haber desencadenado una ola de entusiasmo empresarial en torno a Venezuela y que se aferra a cualquier señal que fortalezca esa narrativa.
Lo cierto es que esas señales existen. En este momento, los hoteles más lujosos de Caracas pululan con inversionistas que evalúan proyectos, sobre todo aquellos que prometen retornos rápidos. Ante la crisis energética derivada de la guerra en Irán, gigantes petroleros como ExxonMobil han suavizado su discurso sobre Venezuela y se muestran —o simulan estar— más abiertos a explorar oportunidades.
Nada de esto altera la realidad de fondo: sin democratización, el país seguirá siendo un destino demasiado riesgoso para las inversiones de gran escala. Sin embargo, el interés visible del capital extranjero y el cambio de tono de las grandes petroleras, junto con el nuevo peso estratégico de Venezuela en el tablero energético mundial, refuerzan la percepción de Trump de que el arreglo con Delcy Rodríguez le conviene.
Esta perniciosa alineación de intereses es el principal obstáculo para una transición. La oposición venezolana no puede darse el lujo de esperar a que cambien los vientos geopolíticos o a que otros convenzan a Trump de tomar un rumbo distinto: debe actuar lo más rápido posible para alterar esa ecuación.
Y hacerlo implica cambiar los incentivos de quienes hoy se benefician de que nada cambie.
Lea aquí la segunda parte del ensayo.


