El gran retorno de la oposición en el exilio
Cómo realinear intereses para encaminar el país hacia una transición
En la primera parte de este ensayo, expliqué por qué la transición se estancó en Venezuela. Hoy propongo cómo destrancar el juego.
Anatomía del problema
El miedo del chavismo a otra extracción militar explica concesiones antes impensables, como aceptar la supervisión de Washington sobre las ventas de petróleo y el control de los ingresos. Estados Unidos cuenta ahora con un poder de negociación sin precedentes. Por primera vez, tiene el espacio para abrir paso a una transición democrática.
Pero este poder no durará para siempre. Varios escenarios fáciles de imaginar podrían erosionarlo e incluso hacerlo desvanecer, desde una recomposición radical del Congreso de EE UU o del propio gabinete hasta una crisis de salud que incapacite a Trump.
El principal problema de la oposición venezolana es que a Trump no parece preocuparle perder esta oportunidad única; ni siquiera parece consciente de que la ventana para promover un cambio político podría cerrarse pronto. Peor aún, se muestra satisfecho con la continuidad del chavismo bajo otro liderazgo subordinado a él.
Trump tiene además funcionarios y empresarios a su alrededor que le susurran al oído que Delcy le conviene en todos los sentidos: le garantiza que Venezuela se mantendrá en relativa calma (incierto), le ofrece oportunidades de negocio (cierto), ayuda a contener el alza de los precios de la gasolina (falso) y vela por sus intereses como una suerte de procónsul (parcialmente cierto). ¿Para qué arriesgarse con una movida que altere esa situación tan favorable?
Es verdad que hay congresistas y figuras influyentes de su administración, como el secretario de Estado Marco Rubio, que desearían ver pronto comicios presidenciales. Pero la realidad política los limita. No controlan el ritmo de los acontecimientos ni los factores que podrían restarle, de un día para otro, poder de negociación a EE UU. Por eso, la oposición venezolana debe actuar con rapidez y modificar esta estructura de incentivos que hoy obstaculiza el camino hacia la democracia.
El gran retorno
Ahora la administración Trump ocupa un espacio ambiguo donde, convenientemente, no se ve obligada a elegir entre la oposición y un régimen criminal.
Puede darse el lujo de preservar su relación con Delcy mientras dice aspirar a una Venezuela libre y promete elecciones algún día. No fijar una fecha le da margen de maniobra para postergar indefinidamente medidas que podrían poner en riesgo un arreglo que percibe como ideal; le permite presentar como un éxito el operativo del 3 de enero y arrimar bajo la alfombra todos los problemas que el país sigue padeciendo, incluido el hecho de que, como en el cuento de Augusto Monterroso, el dinosaurio de la dictadura todavía está allí.
Ya muchos han señalado que María Corina Machado tiene que regresar cuanto antes al país. Pero yo iría más allá: no solo ella debería volver, sino también el mayor número posible de dirigentes políticos en el exilio, desde líderes de Vente, Primero Justicia y Voluntad Popular hasta figuras prominentes de la generación de 2007, algunos de los cuales dedican todo su tiempo a abogar por la causa democrática venezolana desde el exterior.
Lo ideal sería que regresaran los más conocidos, ya que en este momento su notoriedad los protege. Hasta ahora, la estrategia del chavismo ha consistido en una sumisión casi total a la Casa Blanca, a la espera de un contexto más favorable que le permita recuperar autonomía. Detener a un líder célebre de la oposición sería un paso peligroso, capaz de afectar la relación con Trump que tanto se han esforzado por cultivar. El régimen debe calibrar con mucho cuidado cualquier acción que pudiera provocar tensiones con Washington.
Es posible que, pese a estos riesgos, la dictadura decida encarcelar a Machado u otros dirigentes en cuanto regresen. Pero, de ocurrir, Trump enfrentaría presiones desde el Congreso, su propio partido y, muy probablemente, sectores de su administración. Es posible que a él mismo, más por su egolatría que por cualquier otro motivo, no le agrade un gesto desafiante de una presidenta que, desde su ascenso, ha actuado como su subordinada.
Un gran retorno de la oposición tendría además otras ventajas. Aunque cada uno actúa movido por sus intereses individuales, Trump y Delcy coinciden en un esfuerzo por proyectar la imagen de que Venezuela va por buen camino. A ambos les conviene ignorar o minimizar problemas —como la inflación, las protestas por las pensiones y salarios o los rebrotes de represión— que debiliten esa narrativa de éxito.
El regreso de líderes opositores daría mucha mayor visibilidad a las crisis políticas y económicas que persisten. Eso es lo que inevitablemente ocurrirá cuando comiencen a recorrer pueblos y ciudades, en un entorno de libertad de acción que, aunque sigue siendo muy restrictivo, es más favorable que el de antes.
Por otro lado, la vuelta de unos incentivaría la de otros, propiciando una sana dinámica de competencia y estimulando a los dirigentes que no tuvieron que exiliarse a reactivarse con mayor energía en la lucha por el cambio. La oposición volvería a competir consigo misma, con cada partido exponiendo por su lado los fracasos de un régimen impopular.
Si este nuevo clima desembocara en un recrudecimiento de la represión, no solo EE UU se vería obligado a decidir de qué lado colocarse; también tendrían que hacerlo los empresarios locales y extranjeros. ¿Seguirían tan dispuestos a hacer negocios con una dictadura o comenzarían a presionar a la administración Trump por una salida electoral que, a la larga, también los beneficiaría?
Un gran retorno de la oposición conllevaría una realineación de los incentivos de los principales actores que favorecería la transición. Debe ocurrir pronto, antes de que esta ventana se cierre definitivamente.
Lea aquí la primera parte de este ensayo.


