Todos tenemos un amigo así. En privado nos habla mal de fulano. Nos dice que es arrogante, mezquino, sobreestimado en su profesión.
Pero cuando un día ese fulano lo alaba, nuestro amigo se alegra. Se esponja y lame con fruición la orina del halago, como dice Fernando Savater. El pequeño cumplido incluso lo hace valorarse más a sí mismo.
Y quizá se alegra porque, en el fondo, admira a esa persona de la que habla pestes. La admiración es un carburante de sus críticas y sus críticas una manera inconsciente de ponerse por encima de él; de combatir su sensación de inferioridad.
Uno de los grandes aportes de Dostoievski a la novela fue explorar estas complejidades de la psicología humana. Muchos de sus personajes nos ayudan a entender que no siempre hay una frontera nítida entre el odio y la admiración o el orgullo y la inseguridad. Estos sentimientos a veces se solapan y se retroalimentan.
En ese sentido, la novela no volvió a ser la misma después de él.
II
Que nuestro amigo rebaje a la persona que admira no significa que sus reproches sean infundados. Significa que es difícil separar su secreta admiración de la virulencia de sus críticas.
Esa admiración puede ser parcial y nacer de algo concreto que nuestro personaje valora.
Lean este pasaje de la novela de Philip Roth, I married a communist. La hija de la famosa actriz Eve Frame, uno de los personajes principales, describe a su madre:
My mother [Eve] goes to lunch with Katrina and she comes home white with rage. ‘That woman is impossible. She tells me about the theatre and she tells me about the latest novels and she thinks she knows everything, and she knows nothing.’ And it’s true: when they go to lunch, Katrina invariably lectures Mother on the one thing Mother happens to know all about. Mother can’t stand Katrina’s books. She can’t even read them. She bursts out laughing when she tries, and then she tells Katrina how wonderful they are. Mother has a nickname for everyone who freightens her—Katrina is ‘Looney.’ ‘You should have heard Loony on the O’Neill play,’ she tells me. ‘She outdid herself.’ Then Looney calls at nine the next morning and Mother spends an hour with her on the phone. My mother goes through vehement indignation the way a spendthrift goes through a bankroll, then she turns right around and sucks up to her because of the ‘Van’ in her name.
En este caso es el «Van» en el apellido. Pero puede ser otra cosa:
… she turns right around and sucks up to her because she is rich.
… she turns right around and sucks up to her because she is the governor.
… she turns right around and sucks up to her because she is tall and beautiful.
III
En su novela Patria, Fernando Aramburu explora una dinámica similar en un capítulo que gira en torno a una cena familiar.
Xabier, un médico soltero y cuarentón, lleva a su nueva novia, Aránzazu, a comer en casa de sus padres, Bittori y Txato.
El capítulo comienza cuando Xabier y Aránzazu ya se han marchado. Bittori atormenta a su esposo con críticas a la pareja de su hijo. Dice que es demasiado vieja para Xabier; que llevaba demasiado perfume; que no la ayudó a recoger los platos…
Bittori, atareada en la cocina, no lograba serenarse. Se franqueaba, madre monologante, madre dolorida, con la espuma del fregadero. Su hijo con aquella mujer [Aránzazu], una simple auxiliar de enfermería. Manifestó opiniones adversas hacia el auditorio formado por cacharros sucios. Al estropajo le dijo esto; al grifo le dijo lo otro. No recibía respuestas, no hallaba la deseada comprensión.
Luego el narrador retrocede en el tiempo y nos enteramos de un detalle importante: el esfuerzo que hizo Bittori para impresionar a Aránzazu.
Poco antes de que Xabier y Aránzazu llegaran, le ordenó a Txato que vigilara desde la ventana con varias instrucciones:
Una, que no se le ocurriera rozar las cortinas, que están recién lavadas; dos, que le avisara en cuanto los viera enfilar la calle, ya que de ninguna manera quería recibir con el delantal puesto a la mujer….y tres, que no picase nada de lo que había encima de la mesa: espárragos con mayonesa, jamón de Jabugo, croquetas de bacalao, percebes, langostinos.
— Lo tengo todo contado.
¿Qué ocurrió entonces durante la cena?
El momento clave llega cuando Aránzazu le pregunta en voz baja a Xabier si pueden retirar la cabeza de cerdo que Bittori ha servido como plato estrella:
No le había pasado a Bittori inadvertida una acción de la invitada. ¿Cuál? Pues que, creyendo que nadie la veía, acercó con torpe disimulo sus labios pintados al oído de Xabier; vertió oreja adentro rápidas escuchitas que formaban un ruego, ¿una orden? Y el ingenuo, el que obedece a una subalterna, dejando pasar unos segundos como para fingir que la petición era una ocurrencia suya, dijo:
— Ama, ¿te importaría retirar la cabeza del gorrín?
¡Cuánta riqueza en este párrafo! Que Bittori vea en la petición de Aránzazu una «orden» que su hijo acata sumisamente nos revela tanto sobre ella. Es uno de esos «hooks» de los que habla el actor Josh Brolin: uno de esos ganchos que ayudan a dar vida a un personaje.
Ante esa mujer alta, joven y hermosa, Bittori se siente inferior. Y el asco que le da a Aránzazu la cabeza del gorrín pone el dedo en la llaga de sus complejos.
Pero Bittori es una guerrera. No está dispuesta a izar la bandera blanca. ¿Qué hace entonces? Atacarla. Rebajarla. Por eso dice que es una maniática, una mujer de segunda mano, una cazadora de fortunas. Por eso llama a Aránzazu «simple auxiliar de enfermería», aun sabiendo que ella no ejerce profesión alguna y que, si se midiera con la misma vara, saldría peor parada.
El problema con Bittori no es ese instinto de batalla, idéntico al que lleva a un atleta a sobreponerse a una derrota y a entrenar más duro. Bittori no se resigna.
El problema es que descalifica a quien la hace sentirse insegura. El problema es que, así como Eve Frame admira el «Van» en el nombre de Katrina, Bittori envidia ciertas cualidades de Aránzuzu. Y su reacción instintiva es denigrarla para imponerse. La odia porque la admira.
¿Qué pasaría si, en una segunda cena, Aránzazu elogiara a Bittori por la elegancia de sus cortinas y su talento en la cocina?
A nadie le extrañaría que Bittori se esponjara y lamiera con fruición la orina del halago.




