En Venezuela, otro fraude es el riesgo menor
En el debate sobre cómo proceder con la transición en Venezuela, se están perdiendo de vista algunos puntos importantes.
Muchos expertos no solo asumen que habrá una transición, sino que olvidan, o peor aún, desestiman la razón por la que hoy existe una oportunidad real de cambio. El resultado es que, en lugar de enfocarnos en la urgencia del cuándo, debatimos el cómo sin advertir que esta discusión podría volverse inútil si se alteran las circunstancias que ahora permiten considerar seriamente una apertura política.
Como dijo el analista Benigno Alarcón, «lo que nos estamos jugando no es en cuánto tiempo ni en cómo nos democratizamos, sino si nos democratizamos».
Esta realidad asoma en un reportaje de Politico, que habla de los encuentros frecuentes entre la presidenta interina, Delcy Rodríguez, y un alto funcionario de la Casa Blanca, Jarrod Agen. Al parecer, la dinámica entre ellos fluye bien porque la relación no es tanto de colaboración, sino de subordinación.
En los negocios petroleros y mineros, prioritarios para Washington, Delcy se esfuerza al máximo por mantener contenta a la administración Trump; con sus acciones transmite que contar con una súbdita confiable es más conveniente y menos riesgoso que apostar por el escenario incierto de una transición, sobre todo en medio de la incursión de EE UU en Irán.
Otro artículo de The Atlantic revela hasta qué punto está dispuesta a rebajarse para complacer a sus nuevos patrones (énfasis mío):
For the Trump administration, the arrangement is pretty ideal: pliant local authorities running what resembles a private business with little institutional or democratic resistance in implementing the will of global investors. [U.S. Interior Secretary] Doug Burgum, speaking at an oil conference last month, recounted the discussion he and mining executives had had in Caracas with Rodríguez and her brother, Jorge, about proposed mining legislation. “Delcy said to the U.S. executives, ‘Well, tell us what you want in the bill. We’re introducing it on Saturday,’” Burgum said. “So then they take the feedback. It gets introduced. Her brother is the president of the Senate. I said to him, ‘Is the bill going to pass?’ And he had a short answer: ‘Yes.’”
En buena medida, esto explica por qué la Casa Blanca está satisfecha con Delcy. Burgum y Agen podrán insistir en que el plan de EE UU contempla la realización de unas elecciones presidenciales. Pero las acciones pesan más que las palabras y, hasta ahora, la administración Trump no solo se niega siquiera a tantear una fecha para esos comicios, sino que tampoco ha hecho esfuerzo alguno por promover las reformas institucionales que convendría adelantar antes de una votación.
Lo más preocupante es que cada vez más analistas consideran que esta lentitud es comprensible e incluso deseable. Politico cita a uno de ellos:
“If you make elections before the economy improves, then the demands on the new leader will be so high that they won’t be able to satisfy them,” said Alejandro Sucre, a Caracas-based investor who is pitching a fund backing oil and mining projects in Venezuela.
Sucre…said he supports elections before the Trump administration leaves office, but warned that trying to hold them now will only lead to disputes and unrest.
“We’ll be back to zero — back to no investment in Venezuela,” he said. “As Venezuelans, we don’t want the political dysfunctionalities to disrupt this opportunity.”
Fíjense en que Benigno Alarcón no exagera con su advertencia. A Sucre no le preocupa tanto el riesgo de dejar pasar este momento excepcional, sino las consecuencias de que el cambio político ocurra antes de que la economía mejore.
Recordatorio: durante más de una década, negociar con el chavismo una transición ha sido extraordinariamente difícil. La razón es simple: miembros del gobierno y de las Fuerzas Armadas enfrentan amenazas legales en EE UU y en más de treinta países. Además, la Corte Penal Internacional los investiga por crímenes de lesa humanidad.
Para la cúpula dictatorial, cualquier oferta de inmunidad a cambio de abandonar la seguridad del poder implica un alto grado de incertidumbre, ya que los cargos en su contra provienen de una miríada de jurisdicciones. Por eso fracasaron cinco intentos de «diálogo». Hasta enero, nadie podía ofrecerles una alternativa más segura que permanecer en el mando.
Ahora, sin embargo, la alternativa de no negociar podría ser terminar como Maduro: en una cárcel de Nueva York tras una violenta extracción. Y esta posibilidad asusta más al chavismo que los cargos legales en decenas de países. Es decir, la intervención del 3 de enero alteró de manera fundamental el cálculo de supervivencia de los cabecillas del régimen. EE UU demostró que aferrarse al poder o asumir una actitud desafiante podía ser la peor alternativa.
Pero esta capacidad de presión depende de que la dictadura perciba como real la amenaza de otro operativo militar. Y muchas cosas pueden ocurrir para que eso deje de ser cierto, desde una derrota contundente del Partido Republicano en las elecciones de medio término hasta el estallido de otro conflicto internacional o una crisis de salud que incapacite a Trump. Ya hemos visto cómo el caos en Medio Oriente ha fortalecido la posición de Delcy.
La apuesta del chavismo es precisamente esa: mantener contento a Trump para postergar lo más posible los comicios, mientras espera que EE UU pierda su poder de coerción. Lo peor es que esa estrategia podría dar resultados y tal vez ya los esté dando. Como un funcionario chavista le dijo a International Crisis Group: «Estamos venciendo el plan de la derecha y el de los gringos sin que se den cuenta».
Por eso la prioridad de la oposición debe ser presionar para que las elecciones se realicen pronto, incluso si ello implica celebrarlas bajo condiciones poco favorables. Lo ideal sería fijar una fecha mientras se implementan reformas institucionales que garanticen un proceso justo.
Pero a veces lo perfecto es lo opuesto de lo bueno. El riesgo de volver a la situación previa al 3 de enero y de que se cierre el espacio para empujar al régimen hacia la democracia es hoy mucho mayor que el de otro fraude electoral, especialmente en las circunstancias actuales. Con el tutelaje de EE UU y con figuras de peso dentro de la administración y el Congreso como Marco Rubio y el ala dura cubanoamericana interesadas en una transición real, al chavismo le sería más difícil desconocer una victoria opositora como hizo en 2024.
Para el régimen, ese es el escenario más complicado. Para la oposición no existe un peligro mayor que esperar. Su peor pesadilla es que, cuando los venezolanos por fin acudan a las urnas, ya no haya manera de obligar al gobierno a aceptar el resultado.
En un ensayo, publicado la semana pasada, analizó por qué existe una alineación entre los intereses de Delcy Rodríguez y Trump, y qué puede hacer la oposición.


