Venezuela: razones para el pesimismo y el optimismo
Tal vez sea exagerado afirmar que Venezuela se ha convertido en un protectorado de Estados Unidos.
Pero no mucho. La Casa Blanca recibe y administra buena parte de los ingresos petroleros, condiciona cómo se utilizan y toma decisiones importantes sobre la reapertura del sector energético para favorecer sus propios intereses.
Según varios reportes, el Departamento de Estado influye en el nombramiento y la destitución de funcionarios de alto nivel e incluso en el contenido de los tuits oficiales. Hace poco, cuando el canciller de Irán declaró que no se doblegarían ante Estados Unidos como Venezuela, la presidenta interina, Delcy Rodríguez, convocó al embajador iraní para presentar una protesta formal y pública, presumiblemente bajo presión de Washington.
Ante esta subordinación casi colonial, la pregunta es si Estados Unidos aprovechará este poder para forzar al chavismo a celebrar elecciones libres. Con la influencia que ejerce sobre Rodríguez, Donald Trump puede pastorear el país hacia la democracia. Tiene un chance real de convertirse en el líder que desmontó la dictadura venezolana.
¿Lo hará? Hasta ahora las señales son mixtas. Algunas son positivas, pero también existe el riesgo de que desperdicie una oportunidad histórica.
Razones para el pesimismo
El efecto Irán
En este momento, el principal obstáculo para la transición es el propio Trump, que está convencido de que Venezuela es una victoria de su política exterior. A su juicio, el éxito ya ocurrió: no depende del fin de la dictadura.
Por eso no menciona la democracia, a menos que se lo pregunten; por eso destaca su buena relación con Rodríguez y todo el petróleo que su país ha recibido desde la operación militar del 3 de enero. Mucho más que la transición, valora el poder de sometimiento, el espejismo de la estabilidad y los beneficios económicos inmediatos.
El desorden que provocó su aventura en Irán no ha hecho sino reforzar su convicción de que la política hacia Venezuela es un modelo a seguir. Esto no es un secreto; hace unos días volvió a decirlo al contrastar ambas intervenciones. Y mientras piense que triunfó en Caracas, verá con escepticismo cualquier medida que pueda remover las aguas y socavar esa narrativa de éxito, incluida una elección presidencial.
El gran divisor
Como ocurre con las lesiones y las enfermedades, un problema puede generar otros y el desinterés de Trump por la transición ha derivado en todo tipo de divisiones.
Divisiones dentro de su propia administración, entre quienes prefieren —o no les preocupa demasiado— preservar el statu quo y quienes aspiran a poner fin a la dictadura chavista.
Divisiones entre Trump y la líder de la oposición, María Corina Machado, porque ella quiere regresar a Venezuela y él prefiere posponer ese retorno para no desestabilizar el país.
Divisiones entre Machado y el secretario de Estado, Marco Rubio, quien debe equilibrar el deseo que comparte con ella de impulsar la transición con las limitaciones que le impone Trump y otros problemas geopolíticos, en especial la crisis en Irán y sus secuelas energéticas.
La Casa Blanca también ha reabierto fisuras dentro de la oposición venezolana al vetar a Machado como líder de las negociaciones y privilegiar a algunas facciones sobre otras. A esto se suman las divergencias entre las empresas extranjeras y los lobbies que, convenientemente, prefieren operar en la opacidad de la dictadura, y aquellas que prefieren un nuevo orden que les garantice seguridad jurídica, un ambiente más transparente y un futuro más previsible.
Lograr una transición en Venezuela es difícil, incluso en circunstancias ideales. Requiere un esfuerzo concertado y sostenido en el que la mayoría de los actores relevantes remen en la misma dirección. Hoy, esa coordinación no existe.
Razones para el optimismo
Aumento de la presión en Estados Unidos
En una resolución divulgada la semana pasada, un grupo bipartidista de senadores pidió elecciones en Venezuela lo antes posible. Entre las firmas está la de Ted Cruz, quien podría competir con Rubio en las próximas primarias del Partido Republicano.
Rubio siempre se ha jactado de su experiencia en política exterior y de su lucha contra las dictaduras latinoamericanas de izquierda. Ese perfil también define a un conjunto de republicanos de la Cámara de Representantes —los llamados «Crazy Cubans»— que presionan por una fecha electoral.
Si no hay transición, Cruz contará con los recibos para demostrar que exigía elecciones en Venezuela mientras el secretario de Estado postergaba un proceso que al final no se concretó. A Rubio le conviene convencer a Trump de que acelere el fin del chavismo, sobre todo ante el fracaso en Irán.
Al mismo tiempo, mantener a Delcy en el poder debilita una narrativa que los republicanos consideran una poderosa arma electoral: presentar a los demócratas como izquierdistas radicales que quieren convertir el país en Venezuela. Hace unos días, Dinesh D’Souza, una ruidosa figura mediática del mundo MAGA, subrayó esta contradicción al tuitear: «Si la administración Trump está combatiendo el socialismo y el comunismo en Estados Unidos, ¿por qué mantener a socialistas y comunistas en el poder en Venezuela?»
Por razones diferentes y a veces coincidentes, actores tan dispares como D’Souza y Bernie Sanders consideran inmoral e insostenible el acuerdo entre Trump y Delcy Rodríguez y tienen incentivos políticos para denunciarlo en voz alta.
Las midterms
En noviembre se celebrarán las elecciones de mitad de período en Estados Unidos y los demócratas son los favoritos para recuperar la mayoría en la Cámara de Representantes.
¿Qué implicaciones tendría esa victoria en la relación con Venezuela?
Una reacción común es asumir que ese resultado, que podría restringir los poderes de guerra de Trump, reduciría su leverage sobre la dictadura al hacer menos creíble la amenaza militar.
La hipótesis presupone que el chavismo se envalentonaría y comenzaría a actuar con mayor independencia ante una derrota republicana.
Este escenario, sin embargo, es difícil de imaginar. El miedo es resiliente y Trump es demasiado chiflado y volátil como para que los hermanos Rodríguez se sientan seguros con él en la Oficina Oval.
Es más fácil imaginar que las elecciones legislativas favorezcan a la oposición venezolana.
¿Por qué lo digo? En semanas recientes se han multiplicado las críticas a la opacidad del acuerdo entre la Casa Blanca y Miraflores, que este año ya abarca más de 13.000 millones de dólares en ingresos petroleros bajo control de Washington. No solo los medios exigen mayor transparencia; a solicitud de cuatro legisladores, la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO), agencia independiente del Congreso que fiscaliza el gasto público, acaba de abrir una investigación.
Si los demócratas recuperan el control de la Cámara Baja, su poder de escrutinio irá mucho más allá de solicitar investigaciones con un limitado impacto político. Podrán citar a funcionarios y empresas, controlar el calendario de audiencias, exigir la entrega de documentos, aprobar informes oficiales y establecer condiciones sobre el uso de fondos.
Esta lupa más potente sobre la relación entre ambos gobiernos hará más difícil seguir aplazando las elecciones y mantener el tutelaje sobre Venezuela en su versión actual, más aún cuando actores de peso de ambos partidos prefieren la democracia al statu quo y muchas grandes empresas siguen esperando garantías políticas antes de realizar inversiones masivas.
¿Qué hacer?
Este diagnóstico puede ayudar a la oposición venezolana a definir estrategias.
Claramente, la prioridad debe ser combatir la idea de que Venezuela representa una victoria de la política exterior de Washington, una percepción que, como demuestra una portada reciente de Newsweek, no existe solo en la cabeza de Trump. La dictadura se beneficia de esa historia de éxito: nadie quiere cambiar algo que funciona.
La meta es imponer una narrativa distinta en la que cualquier desenlace que no conduzca a una transición sea visto como un fracaso de Trump; una en la que él sienta que, si el régimen sigue en pie al final de su mandato, será recordado como un líder ingenuo a quien los hermanos Rodríguez lograron manipular representando temporalmente el papel de súbditos.
El reto no es convencer a Trump de que la democracia venezolana es un imperativo moral. Eso no puede importarle menos. Es convencerlo de que mantener al chavismo en el poder convertirá lo que hoy considera una victoria en una mancha en su gestión y, peor aún, en una oportunidad perdida para hacer historia.


