Una tarde de verano en Washington DC
Salgo al jardín, me recuesto en una silla, cierro los ojos. Aspiro ese aire espeso, caliente y húmedo del verano de Washington que primero me exalta y luego me hace bostezar. Abro los ojos y me veo envuelto en una maravillosa explosión de verdes; una vegetación densa de arbustos, matorrales y árboles cuyos brazos se enredan sobre mí, protegiéndome del sol. Todos los pájaros pían al mismo tiempo, interrumpiéndose, sin escucharse unos a otros. A lo lejos, la brisa mece las ramas frondosas de un roble con forma de hongo. El movimiento es sutil, casi imaginado, y parece seguir el ritmo de mi propia respiración.
Y entonces pienso en los versos de Ezra Pound, mientras mi conciencia se desliza hacia el agua del sueño.
Comienzan con tres palabras: Do not move.
II. La verdad de John Keats
Se ha escrito mucho sobre estos versos célebres de Keats:
Beauty is truth, truth beauty,—that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.
En mi caso —y no me puede importar menos si mi interpretación es simplista—, los recuerdo a cada rato por su significado más evidente: lo bello siempre es verdadero.
Pero me pregunto por qué unos versos tan sencillos, sobre una idea nada original, saltan a mi mente con relativa frecuencia.
Ocurrió hace poco, cuando vi a un anciano muy enfermo casi sonreír y casi lagrimear al contar una anécdota divertida sobre sus padres, fallecidos hacía medio siglo. Me pareció que había algo conmovedor en esa manifestación de amor perenne, honda nostalgia, dulce melancolía. Y mi certeza de que el sentimiento detrás de esos ojos vidriosos era verdadero, ¿no es inseparable de mi apreciación de ese instante?
Beauty is truth, truth beauty.
III. Cisnes unánimes
En Sonatina, Rubén Darío alude a los cisnes «unánimes» en el lago de azur. Sobre ese adjetivo, Fernando Savater escribe en su autobiografía:
Al principio la unanimidad de los cisnes sólo me resultó verbal, no evidente, porque ni siquiera estaba familiarizado con lo que significaba la palabra. Pero una tarde, en el minúsculo estanque de la plaza de Guipúzcoa que entonces albergaba varios cisnes, me detuve a verlos pasar deslizándose en paralelo sin agitar el agua. Y comprendí de pronto, con revelación fulgurante, que eran unánimes y sólo unánimes serían ya para siempre.
Savater nos da un ejemplo perfecto de cómo el arte enriquece e incluso transfigura la realidad. El mero uso de un adjetivo para describir los cisnes deslizándose en paralelo cambió la manera en que, desde entonces, Savater percibe esa simétrica coreografía animal.
Algo parecido me ocurrió a mí cuando vi al anciano casi sonreír y casi lagrimear al recordar a sus padres. Keats me ayudó a apreciar mejor la belleza de ese gesto involuntario, como luego me ayudaría Pound a apreciar la llegada del verano en medio de una alegre cacofonía de pájaros. También comprendí de pronto, con revelación fulgurante, que Keats y Pound tenían razón y la tendrían ya para siempre.
IV. Borges y la novedad
Así como Rubén Darío le dio un giro original a la palabra «unánime», Borges también lo hizo al usarla para describir una noche en su cuento Las ruinas circulares.
Sin embargo, Borges cuestionó los conceptos de originalidad y novedad en varias ocasiones y desde distintos ángulos, preguntándose si estaban sobrevalorados y si algo podía ser realmente original o novedoso.
En su cuento La busca de Averroes, unos personajes discuten el verso de Zuhair que compara el destino con un camello ciego. Algunos sostienen que tantos siglos de admiración han desteñido la bella imagen. Pero Averroes —o Borges a través de Averroes— la defiende con varios argumentos, entre ellos que…
…nadie no sintió alguna vez que [como un camello ciego] el destino es fuerte y es torpe, que es inocente y es también inhumano […] No se dirá mejor lo que allí se dijo.
Borges ilumina la tensión entre dos ideas. Es verdad que el contexto y las circunstancias influyen en la manera en que percibimos un poema, pero también lo es que, cuando la verdad de una obra de arte toca a un hombre, puede tocar a hombres de otros tiempos y geografías, sin importar si ya se ha convertido en cliché o si ha sido comunicada de manera novedosa u original. Lo demuestran la imagen desgastada de Zuhair y el verso elemental de Keats.
V. Let the wind speak
Lo cual me lleva de vuelta al poema de Ezra Pound. Llegué a él gracias a Javier Cercas y, como el verso de Keats, lo recuerdo con frecuencia por su eficacia y desconcertante sencillez.
En la novela Soldados de Salamina, Cercas relata la historia del escritor español Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores ideológicos de Falange.
Durante la Guerra Civil, Sánchez Mazas sobrevive a un fusilamiento. Llevaba tres años preso en Cataluña cuando las tropas republicanas decidieron replegarse ante el avance franquista y ejecutar en el santuario del Collell a todos sus prisioneros, incluido él. Sánchez Mazas logra escapar en medio del tiroteo. Esquivando las balas, corre entre los árboles y se esconde. Un soldado republicano lo encuentra y decide, por alguna razón, perdonarle la vida y fingir ante sus compañeros que no lo ha visto.
Pero su calvario no terminó con ese escape:
Durante nueve días con sus noches del invierno brutal, anduvo vagando por la comarca de Banyoles […] Muchas veces pensó que no iba a conseguirlo. Solo, sin más recursos que su voluntad de supervivencia, incapaz de orientarse en una zona desconocida y poblada de bosques agrestes y espesísimos, debilitado hasta la extenuación por las caminatas, el frío, el hambre y los tres años ininterrumpidos de cautiverio, muchas veces tuvo que hacer acopio de fuerzas para no dejarse derrotar por el desaliento.
Luego Sánchez Mazas tiene otro golpe de suerte: se topa con unos campesinos que, aunque no son franquistas, deciden ayudarlo. No pueden alojarlo en la casa, pero le ofrecen esconderse de día en un prado y dormir en un pajar cercano, mientras ellos le llevan comida.
Renace la esperanza. Después de varios días borrosos de hambre y sed, Sánchez Mazas siente que va a vivir.
Sigue las instrucciones de los campesinos y encuentra el campo muy cerca…
…y se tumbó allí, entre la alta hierba, bajo el cielo despejado y ejemplarmente azul y el sol deslumbrante que entibiaba el aire frío e inmóvil de la mañana, y aunque tenía todos los huesos molidos y una fatiga sin fin le cerraba los párpados, por vez primera en mucho tiempo se sintió seguro y casi feliz, reconciliado con la realidad, y mientras notaba el peso placentero de la luz en los ojos y la piel y el deslizamiento irrevocable de su conciencia hacia el agua del sueño le afloraron a los labios, como un brote incongruente de aquella imprevista plenitud, unos versos que ni siquiera recordaba haber leído.
Do not move
Let the wind speak
That is paradise


