La inusual relación extramarital de Beatriz
En la novela El Polaco de J.M. Coetzee, un pianista septuagenario, célebre por sus interpretaciones de Chopin, ofrece un concierto en Barcelona, donde conoce a Beatriz, una mujer atractiva veinte años menor que él.
Beatriz está casada con un banquero próspero y forma parte del comité de la Sala Mompou que organizó el recital. Aunque su impresión inicial del músico es ambivalente, no parece sentir atracción alguna por él.
Sin embargo, tras unos meses de contacto esporádico acaban teniendo un breve romance durante otro viaje del polaco a España. Desde el inicio, queda claro que Wittold Walceyzkiecz se obsesiona con Beatriz como si fuera un adolescente. Pero ese sentimiento no es recíproco y es difícil precisar las razones que la llevan a ceder ante los avances del pianista.
De hecho, esa mezcla de causas —en la que motivos racionales se entrelazan con deseos e instintos inaprehensibles— es el corazón de la novela.
El Polaco no es una ficción sobre el pianista que inspira el título, sino un retrato fascinante de la consciencia de una mujer atractiva, poco inclinada al riesgo y a la aventura, que decide lanzarse al precipicio con un pretendiente a quien pocos habrían creído capaz de seducir a alguien como ella.
II
Mientras leía esta novela austera, recordé The Tell-Tale Heart de Edgar Allan Poe, un ejemplo clásico de cómo mostrar —en vez de explicar— puede ser una herramienta narrativa poderosa.
En este cuento tenebroso, el narrador vive con un anciano cuyo «ojo de buitre» lo repugna, al punto de que decide asesinarlo. Durante varias noches lo observa mientras duerme, obsesionado con ese ojo, hasta que finalmente lo ejecuta con meticulosa frialdad y esconde el cadáver bajo las tablas del suelo.
Cuando la policía lo visita para investigar, el protagonista, seguro de que no cometió errores al perpetrar y luego encubrir su crimen, los recibe con tranquilidad e incluso los invita a sentarse a conversar. Pero en el curso de ese interrogatorio, en el que los agentes no dan señales de sospechar de él, el narrador empalidece y empieza a oír un leve zumbido que poco a poco se intensifica hasta transformarse en un latido que cree provenir del corazón del anciano:
It was a low, dull, quick sound, such a sound as a watch makes when enveloped in cotton. I gasped for breath —and yet the officers heard it not. I talked more quickly —more vehemently; but the noise steadily increased. I arose and argued about trifles, in a high key and with violent gesticulations; but the noise steadily increased.
Al final, esta ansiedad creciente del protagonista lo lleva a confesar su crimen.
Aunque Poe nunca lo explica, el lector intuye que el sonido está en su mente; que es una alucinación de un hombre enloquecido por fuerzas que no ve, entre las cuales, por supuesto, se encuentra la culpa.
El latido no se origina en el cadáver bajo las tablas. Es la manifestación de un sentimiento cuya existencia el narrador se rehúsa a aceptar; el ruido de una consciencia que se niega a encararse a sí misma.
En El Polaco, Coetzee hace algo similar, aunque en un registro distinto. En vez de explicarnos motivaciones, nos hace habitar, como en el cuento de Poe, la mente poco fiable de su protagonista. La novela muestra la dificultad de entender no solo a otras personas, sino también a nosotros mismos.
III
Después del encuentro en Barcelona, Wittold Walceyzkiecz comienza a escribirle a Beatriz, sin ocultar su intención de seducirla. Al principio, ella rechaza de plano sus avances. En su mente se va formando una imagen del pianista como un hombre anacrónico, fuera de época, algo cursi pese a su carácter frío y lacónico, con la cabeza llena de amores idealizados.
Percibe su interés por ella como excesivo y desproporcionado. Le incomoda el tono casi devocional de sus cartas, las referencias a Dante y su lenguaje caduco (la llama «my dear lady»).
En un breve encuentro en Girona, el pianista le revela que pensar en ella le trae paz; que ella es su símbolo de paz. A Beatriz no la conmueven esas palabras, o al menos eso se dice a sí misma. Más bien la interpreta como una señal de incompatibilidad:
That is why the Pole himself does not interest her […] Roaming the world in search of his own lost object, he has chanced upon her, Beatriz, and turned her into a fetish. You bring me peace: what nonsense! I am not the answer to the riddle of your life, señor Wittold —your riddle or anyone else’s. That is what she should have said to him.
Este tipo de reacción se repite a lo largo de la novela. Una tarde, el polaco, tan serio y comedido en todo salvo su pasión por Beatriz, se desborda con esta confesión:
I wish to live with you. That is the wish of my heart. I wish to live with you until I die, in an ordinary way, side by side […] But if not, okay, I accept. If you say no, not for the rest of life, just for this week, okay, I accept that too.
Reflexionando sobre esta declaración de amor, Beatriz se dice:
I want to live side by side with you… In the next life, too. What sentimental nonsense! You give me peace… What a joke!
Y sin embargo… Beatriz no solo tolera, sino que facilita, la continuidad de la relación con Wittold. Ha podido ponerle fin desde el inicio, pero no lo hace. En ocasiones, cede ante los avances del polaco de formas que no encajan con lo que piensa de él.
Coetzee no explica esta contradicción, sino que la muestra mediante la incongruencia entre sus pensamientos y sus acciones.
Por ejemplo, al mismo tiempo que rechaza las propuestas de Wittold, Beatriz siente curiosidad por su música y escucha con atención sus discos, en busca de pistas emocionales. Pese a que no acepta sus invitaciones a viajar juntos a Brasil, a veces considera la idea:
She has visited Argentina but never Brazil. She would not mind seeing Brazil. It seems an interesting country. Perhaps her elder son, who works as a chemist for an agronomics company, would find it useful to accompany her there. He would explore Brazilian agriculture.
Noten que, al involucrar a su hijo, intenta justificarse ante sí misma, llevando su coqueteo con el viaje al terreno de lo socialmente admisible.
Un poco más adelante, piensa que nunca le ha gustado el portugués…
…with its tight, choked sounds. But perhaps the Portuguese spoken in Brazil is different.
¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué acaricia la posibilidad de ir a Brasil cuando afirma no sentir nada por el polaco?
El lector no lo sabe, porque a veces, a pesar de estos devaneos, ella responde con una aparente certeza a esas preguntas:
She has no intention of going to Brazil in the company of the Polish pianist. Anyway, if she were to go, how would he explain her to his Brazilian hosts […]? ‘This is Beatriz, an old friend from the city of Barcelona, who is accompanying me on my tour […] Or: ‘This is Beatriz, whom I have brought with me to soothe my brow and give me peace.’
Esto es escritura de muy alto nivel, porque así opera nuestra consciencia: con esa fluidez, con esa inconsistencia, tironeada en distintas direcciones por corrientes que no siempre logramos discernir. Una arena movediza donde emociones incompatibles logran coexistir pese a la enorme tensión entre ellas; donde nada es tan fijo como creemos y todo puede cambiar según el momento y las circunstancias.
IV
Aunque no en Brasil, Beatriz termina abriéndole la puerta de su dormitorio al polaco. Sin embargo, pone fin a la relación poco después y no vuelve a verlo.
Al final de la novela, el lector queda sin respuestas claras sobre por qué cedió para luego apartarse de manera tan abrupta, aun cuando ella aborda la pregunta directamente e intenta responderla:
What does she find pleasing about him? There is an answer: that he so transparently takes pleasure in her. When she walks into the room, his face, usually so dour, lights up […] it is a gaze of admiration, of dazzlement, as though he cannot believe his luck. It pleases her to offer herself to his gaze.
Y una página después:
If she does not love him, what is the name of the feeling she has for him, the feeling that has led her down this questionable path? If she had to pin it down, she would call it pity. He fell in love with her, and she took pity on him, and out of pity, gave him his desire. That was how it happened. That was her mistake.
Para quien no ha leído la novela, esta respuesta tal vez luzca definitiva, pero no lo es.
A estas alturas, el lector ya sabe —la mano invisible de Coetzee se lo ha hecho entender— que las racionalizaciones de Beatriz no son fiables, porque chocan con sus acciones. El argumento de la lástima, por ejemplo, desentona con lo que siente la segunda noche en que se acuesta con Wittold, cuando…
...out of the past, there reemerges the delicious feeling of falling. She had thought it gone forever, that it belonged only to youth or even to childhood, the terror and delight of shooting down a waterslide, when the will is abdicated and one is briefly pure experience.
Lo cierto es que no podemos saber por qué Beatriz actúa como actúa, porque ella misma tampoco lo sabe. Y el autor, consumado maestro de su oficio, se priva de dar explicaciones que disipen esa incertidumbre. Nos deja espacio para reconocer en ella lo que ya intuimos sobre nosotros.




