La última novela de Saul Bellow, Ravelstein (2000), es una oda a la amistad entre el autor y el filósofo Allan Bloom, quien murió en 1992. No era un secreto que se trataba de un roman à clef y que sus protagonistas, Chick y Ravelstein, estaban inspirados en Bellow y Bloom.
Que Bellow colocara su potente lupa sobre esa relación no sorprende, porque su amigo era tierra fértil para la literatura. Culto, ameno, elocuente, Bloom poseía una inteligencia formidable que le permitía examinar los dilemas políticos de su época a la luz de Platón, Locke y Rousseau; o iluminar la obra de Keynes con observaciones sobre Versalles, Bloomsbury y la mitología griega.
Era también un sibarita, entregado a los placeres y lujos más refinados. Compraba sin pensarlo chaquetas Lanvin de cinco mil dólares, sábanas Pratesi, cubrecamas de visón, pieles curtidas de angora. Mandaba traer camisas a medida de Londres y discos raros de música clásica de la Unión Soviética. Mimaba a su muy joven pareja con obsequios extravagantes, como un BMW de 80 mil dólares.
Dedicaba buena parte del día a pensar y leer, y otra a la labor minuciosa de vivir rodeado de lujo y belleza.
II
Bellow era un estilista de primer orden, uno de los mejores de su generación y, tal vez, de cualquier generación. Pero con una particularidad: su prosa no parece cuidadosamente tallada y pulida. En contraste con Flaubert, cuya obsesión por el estilo marcó un antes y un después en la historia de la novela, la perfección deliberada de cada oración no salta a la vista. Tampoco hay un énfasis especial en la economía del lenguaje como en Borges o en Coetzee.
El estilo de Bellow luce menos trabajado. Menos correcto, menos escrito. Como el jazz, agradecía las sorpresas de la espontaneidad y el desorden. Tiene la vitalidad, la autenticidad y la frescura de quien habla sin demasiados filtros, sin temor a comerse las eses, a pronunciar mal una palabra o a ignorar alguna tonta regla gramatical. Tiene una cualidad maravillosamente oral.
Sería un error, sin embargo, pensar que Bellow dejaba el volante en manos del instinto o que no editaba y corregía algunos pasajes hasta el cansancio. Esa ilusión de espontaneidad era parte de un estilo que le tomó tiempo desarrollar y que aún no había cobrado forma en sus primeras novelas.
Uno de los atributos del jazz es que la mezcla de escuela e improvisación permite que el talento y la cultura del intérprete se manifiesten con naturalidad, sin parecer una exhibición de conocimiento destinada a impresionar. Bellow logró algo similar en la literatura.
III
Al final de Ravelstein, el narrador, Chick, recuerda un episodio en el que no sucede nada especial: conversa con Ravelstein mientras este se alista para salir.
La escena es poderosa porque, cuando llegamos a ella, Chick ya nos contó que una enfermedad le arrebató a su mejor amigo. Es un momento al que Chick parece volver como muchos volvemos a una canción, un lugar o un poema que asociamos con alguien que ya no está. Aunque el recuerdo nos entristece, esa tristeza se convierte en la última manera de conservar el amor.
Escuchemos a Chick evocar al exuberante Ravelstein:
Ravelstein, dressing to go out, is talking to me, and I go back and forth with him while trying to hear what he is saying. The music is pouring from his hi-fi—the many planes of his bare, bald head go before me in the corridor between his living room and his monumental master bedroom. He stops before his pier-glass—no walls mirrors here—and puts in the heavy gold cufflinks, buttons up the Jermyn Street Kisser & Asser striped shirt—America Trustworthy laundry-and-cleaners deliver his shirts puffed out with tissue paper. He winds up his tie lifting the collar that crackles with starch. He makes a luxurious knot. The unsteady fingers, long, ill-coordinated, nervous to the point of decadence, make a double lap. Ravelstein likes a big tie-knot—after all, he is a large man.
Fíjense en el tono informal que Bellow logra no solo con ciertos giros («no walls mirrors here», «after all, he is a large man»), sino también con los incisos que recrean las pausas y los ritmos del habla.
Al mismo tiempo, noten la música de la prosa, en particular la descripción de Ravelstein anudándose la corbata: los acentos, la aliteración del sonido «k» que imita el crujido del almidón, la precisión con que cada palabra encaja en su lugar. Y el «starch» que cierra la oración como el golpe final de un tambor:
He winds up his tie lifting the collar that crackles with starch.
O miren esta otra frase, inestable y temblorosa como los dedos de Ravelstein:
The unsteady fingers, long, ill-coordinated, nervous to the point of decadence, make a double lap.
Estos pasajes vívidos parecen brotar espontáneamente; no llaman la atención sobre el esfuerzo que costó elaborarlos porque el aire conversacional lo disimula.
Bellow, sin embargo, es muy consciente de las herramientas a su disposición: las ventajas de variar la dicción y los registros; de combinar el retrato físico con la reflexión filosófica; de entrelazar la descripción de una estación del año con un recuerdo íntimo. No solo tiene un fino instinto para identificar los detalles relevantes, sino que explora las infinitas posibilidades de su lengua para comunicárselos al lector apelando a todos los sentidos.
Frente a su estilo móvil y dinámico, el de otros escritores parece acartonado y rígido.
Sigamos con Ravelstein:
…he sits down on the beautifully cured fleeces of his bed and puts on the Poulsen and Skone tan Wellington boots. His left foot is several sizes smaller than the right but there is no limp. He smokes, of course, he is always smoking, and tilts the head away from the smoke while he knots and pulls the knot into place. The cast and the orchestra are pouring out the Italian Maiden in Algiers. This is dressing music, accessory or mood music, but Ravelstein takes a Nietzschean view, favorable to comedy and bandstands. Better Bizet and Carmen than Wagner and the Ring.
Y luego esta imagen de Ravelstein silenciado por algarabía de los pájaros, una de mis favoritas de la obra de Bellow:
“What do you think of this recording, Chick?” [Ravelstein] says. “They’re playing authentic period instruments.”
He loses himself in sublime music, a music in which ideas are dissolved, reflecting these ideas in the form of feeling. He carries them down into the street with him. There’s an early snow on the tall shrubs, the same shrubs filled with a huge flock of parrots—the ones that escaped from cages and now build their long nest sacks in the back alleys. They are feeding on the red berries. Ravelstein looks at me, laughing with pleasure and astonishment, gesturing because he can’t be heard in all this bird-noise.
You don’t really give up a creature like Ravelstein to death.
Philip Roth decía que Faulkner y Bellow eran la columna vertebral de la literatura norteamericana del siglo XX. Martin Amis pensaba que Bellow era el mejor novelista de la historia de Estados Unidos.
Aunque estos juicios siempre tienen algo de arbitrario, ambos coinciden en una opinión que comparto: Bellow es un gigante de la novela moderna.
Amis también decía «great art is always uplifting». Y aunque tampoco estoy seguro de que esto sea verdad, este final de Ravelstein me hace pensar que sí.





