Delcy, Adolfo Suárez y Philip Roth
La dictadura venezolana lleva días enviando señales contradictorias.
La presidenta impuesta, Delcy Rodríguez, ha intentado demostrar que Venezuela sigue siendo un país soberano. La semana pasada encabezó una ceremonia en la que el ejército y la policía, en un despliegue diseñado para proyectar fuerza, le expresaron o simularon expresarle su lealtad. En ese acto, Rodríguez ordenó a los ministros de Interior y Defensa presentar en 100 días un plan de renovación del sistema defensivo de la nación.
En otro evento afirmó que su gobierno no acepta pautas de ningún «factor externo» y que «ya basta de órdenes de Washington», en aparente alusión a declaraciones de funcionarios de Estados Unidos, incluido el presidente Trump, que sugieren lo contrario.
Delcy incluso se atrevió a insinuar que podría ordenar la detención de María Corina Machado si ella decidiera regresar a Venezuela.
Todos estos alardes de independencia, sin embargo, ocurren a la par de acciones que revelan su condición de súbdita. Delcy anunciando un reinicio de las relaciones con la Casa Blanca y aceptando una reunión con el director de la CIA días después del violento operativo militar que derrocó a su jefe; Delcy cooperando con la fuerza naval de EE UU para interceptar un buque —vinculado a un poderoso exmiembro de su gabinete— que zarpó sin permiso del país; Delcy aceptando la supervisión de Washington sobre las ventas de crudo venezolano, al mismo tiempo que impulsa una ley de hidrocarburos que, además de sepultar el nacionalismo petrolero que ha definido al chavismo desde sus inicios, parece redactada en la Oficina Oval.
Aunque estas señales mixtas contribuyen a un clima de confusión, lo cierto es que responden a presiones que todo el mundo es capaz de reconocer. Delcy está acorralada. Frente a la amenaza de terminar en una cárcel en Brooklyn como Maduro, siente que no le queda otra opción que someterse a Trump. Pero debe camuflarlo con un discurso y con acciones que reduzcan el riesgo de rebeliones internas que podría provocar su sumisión.
Delcy necesita mantener un delicado equilibrio: mover piezas con sutileza en dos tableros —el de EE UU y el de Venezuela— mientras se cuida de no dar un solo paso en falso.
Lo irónico es que, en esta labor de malabarismo, la frase «por ahora» que hizo célebre a Hugo Chávez y hoy es vista como una piedra fundacional del movimiento que Delcy encabeza e intenta salvar; esa frase que en 1992 marcó el inicio de una de las etapas más oscuras de la historia de Venezuela; esa frase se ha convertido en un elemento clave de la estrategia de supervivencia.
A los chavistas, Delcy les asegura que deben renunciar, por ahora, a ciertos elementos de la revolución para mantener viva la revolución: ceder poder para preservar el poder.
A la Casa Blanca le asegura que necesita, por ahora, conservar ciertos elementos del régimen para luego poder desmantelarlo. Si no lo hace, la derrocan y con ella se esfuma cualquier posibilidad de cambio. No habrá democracia, ni orden, ni la estabilidad requerida para que EE UU pueda beneficiarse de las vastas reservas petroleras.
La pregunta entonces es a cuál de los dos bandos engaña. ¿Es la servidumbre a Washington una estrategia provisional? ¿Un repliegue táctico para ganar tiempo y esperar que a Trump, encaminado a una derrota en las elecciones de medio período, se le cierre el margen de maniobra en Venezuela? ¿O está Delcy, junto al secretario de Estado Marco Rubio, pastoreando el país hacia una transición al estilo de la que timoneó Adolfo Suárez en España?
No solo apostaría al escenario del repliegue táctico, sino que creo, además, que EE UU y la oposición venezolana deben operar bajo la premisa de que el chavismo está haciendo lo que siempre ha hecho para perdurar en el poder. Diluir una crisis que amenaza al régimen mediante negociaciones en las que simulan buena voluntad hasta que el peligro se disipa. Seguir el dictum de Lampedusa: cambiar todo en lo accesorio para que nada cambie en lo esencial.
Me gustaría, sin embargo, hacer un ejercicio de imaginación y asumir que Delcy podría estar abierta a convertirse en protagonista de una transición. Tal vez no sea un escenario probable, pero sí uno que vale la pena explorar, y que abordaré de la mano de Philip Roth.
Instintivamente estratégica
En la novela The Humbling, Roth reflexiona sobre cómo los seres humanos somos «instintivamente estratégicos». El marco de su idea no es una coyuntura política, sino un noviazgo entre dos personajes, Pegeen y Simon.
Pegeen atraviesa una etapa difícil de su vida. Simon sospecha que ella, aunque lo aprecia, no está comprometida con la relación y tarde o temprano lo abandonará. No lo hace todavía porque lo necesita para sobrellevar la crisis:
Dirá [Pegeen] cualquier cosa que tenga que decir, así el diálogo se desborde en la telenovela, para que nuestro amorío continúe…porque todavía sufre.… No está engañándome asumiendo esta actitud—es la forma en la que todos somos instintivamente estratégicos. Pero llegará un día en el que las circunstancias la coloquen en una posición mucho más fuerte para que luego la relación se acabe, mientras que yo habré quedado en una posición más débil sencillamente por haber sido demasiado indeciso para romper ya la relación. Y cuando ella esté fuerte y yo débil, el golpe será letal.
La observación es lúcida. Pegeen no sabe hasta qué punto sus sentimientos por Simon dependen de su necesidad de contar con alguien para superar su depresión. El amor sin duda existe, pero su fragilidad emocional la lleva a exagerarlo convenientemente porque siente que no puede estar sola en ese momento.
La clave es que Pegeen no se engaña a sí misma ni lo engaña a él, o al menos no del todo. Está siendo instintivamente estratégica. Su decisión de mantener abiertos los distintos caminos, sin saber cuál acabará tomando, proviene de esa zona gris de las motivaciones donde es difícil separar la honestidad de la manipulación maquiavélica y el deseo de autopreservación.
Aunque Delcy Rodríguez quizá coquetea con la idea de asumir un papel como el de Adolfo Suárez durante la transición española, en este instante esa aspiración —si es que llega a serlo— no pasa de ser una nube difusa en el horizonte, apenas visible entre necesidades más imperiosas.
De hecho, lo más probable es que Delcy no esté engañando ahora ni a los chavistas ni a EE UU, sino simplemente intentando sobrevivir; haciendo equilibrio sobre una cuerda floja sin saber adónde quiere ni adónde puede ir.
Si Trump resuelve apoyarla de manera indefinida, o si las circunstancias la colocan en una posición más sólida en su relación con EE UU, podría decidir consolidarse en el poder como lo hizo Maduro antes que ella.
Si no, podría abrirse al rol de facilitadora de una transición.
Es posible que su escenario ideal sea convertirse en una suerte de Suárez venezolana sin que nadie le cobre luego sus crímenes. Pero el instinto de supervivencia pone bridas a ese anhelo; pocos asumen riesgos por una causa cuando juzgan que el camino alternativo —en este caso el repliegue táctico— ofrece mayores garantías.
O quizá ocurra lo contrario: el instinto de supervivencia —y no una aspiración secreta de liderar una transición— la ha llevado a tantear la idea de negociar con Rubio su libertad futura a cambio de encaminar al país hacia unas elecciones.
Como Pegeen, cuya crisis existencial la empuja a ver todo lo bueno en Simon y en su relación con él, Delcy tal vez empieza a considerar, si vislumbra una vida posible fuera del poder, las ventajas de conducir, a lo Suárez, un desmontaje gradual del orden que la creó y ahora la sostiene. No por un deseo de redención, sino por un cálculo maquinal, o quizá por una madeja de motivaciones que ni ella misma puede desentrañar.





Faltó apuntar que la estrategia de “diluir la crisis” no es más que una enseñanza llegada de La Habana… donde están los expertos en diluciones y dilaciones.